La salud mental en la infancia no es un lujo ni un asunto menor: es la base que sostiene todo el desarrollo humano. Así lo subraya el informe Establishing a Level Foundation for Life: Mental Health Begins in Early Childhood, que destaca la importancia de atender el bienestar emocional de los más pequeños desde los primeros años de vida.

Según el documento, los problemas de salud mental pueden aparecer ya en bebés y niños pequeños, afectando su capacidad de aprender, relacionarse y adaptarse al entorno. A menudo, estos trastornos tienen su origen en una combinación de predisposición genética y experiencias adversas como la pobreza, la negligencia o la violencia familiar. Estos factores activan de forma continua los sistemas de respuesta al estrés, lo que puede dañar la arquitectura cerebral en desarrollo y aumentar el riesgo de ansiedad, depresión o dificultades de conducta a largo plazo.

Uno de los conceptos clave es el de estrés tóxico, producido por la sobrecarga de experiencias negativas sin el acompañamiento de personas adultas que aporten seguridad emocional. A diferencia del estrés tolerable, el estrés tóxico interfiere en el desarrollo de áreas del cerebro esenciales para la autorregulación, la atención y el aprendizaje. Por eso, prevenir este tipo de estrés en la infancia es esencial para evitar problemas más graves en etapas posteriores.

Pero también hay buenas noticias. La investigación demuestra que las relaciones afectivas estables y positivas y las interacciones de calidad desde la más tierna infancia, ya sea con madres, padres, profesorado o cuidadores, actúan como un amortiguador natural contra los efectos del estrés. Estas interacciones, descritas como serve and return, son intercambios receptivos y continuos que enseñan al cerebro a gestionar emociones, fortalecer vínculos y desarrollar resiliencia.

¿Qué pueden hacer las familias y el profesorado a fin de contribuir a la prevención de enfermedades mentales?

El informe ofrece varias recomendaciones prácticas:

  • Crear entornos seguros y predecibles. Las rutinas claras, el amor y afecto constante y la escucha activa ayudan a las niñas y los niños a sentirse protegidos.
  • Observar señales persistentes. Problemas de sueño, irritabilidad constante, retraimiento o comportamientos desafiantes que se mantienen en el tiempo pueden indicar que el niño o la niña necesita ayuda.
  • Buscar apoyo profesional. Ante la duda, hay que consultar con especialistas en salud mental infantil. Muchos docentes y pediatras carecen de formación específica en este ámbito, por lo que es clave mejorar la capacitación y el acceso a personal experto.
  • Apoyar también a las personas adultas. La salud emocional de los niños está directamente ligada al bienestar mental de sus cuidadores. Tratar la depresión, el estrés o las adicciones en adultos puede ser una intervención decisiva para el desarrollo infantil.

El informe concluye que los sistemas de atención deben trabajar de forma coordinada para apoyar no solo al niño o la niña, sino a toda su red de relaciones. Políticas públicas, programas educativos basados en evidencias y servicios sanitarios deben estar coordinados para ofrecer acompañamiento temprano y de calidad.

En definitiva, invertir en la salud mental de la infancia es una estrategia de prevención y justicia social. Como afirma el Consejo de Harvard:

«Un comienzo emocionalmente saludable permite a los niños y niñas construir relaciones de calidad, aprender mejor y convertirse en adultos más resilientes y sanos.»

[Imagen: Freepik]
+ posts

Profesora en educación secundaria