En educación se habla mucho de los efectos negativos que provoca el estrés, pero ¿sabemos realmente de qué tipo de estrés estamos hablando? Desde las instituciones educativas queremos dar a nuestro alumnado lo que necesita para desarrollarse con su máximo potencial y, como sabemos, los educadores y educadoras jugamos un papel muy importante. Para llevar a cabo nuestro propósito debemos estar muy atentos y atentas a aquel alumnado, sobre todo de menor edad, que puede estar viviendo situaciones adversas donde el estrés puede estar afectando a su desarrollo cerebral. Además, debemos conocer qué nos dicen las investigaciones para amortiguar el impacto negativo de este estrés.

Cuando nos sentimos amenazados de alguna forma nuestro cuerpo activa una variedad de respuestas fisiológicas como el incremento del ritmo cardíaco, la presión arterial y hormonas como el cortisol. Estamos teniendo estrés. Pero cuando hablamos de estrés no debemos pensar siempre que este nos afecta de forma negativa. Las investigaciones distinguen tres tipos de estrés:

  • Estrés positivo: se produce cuando la activación física y mental nos prepara y predispone para enfrentarnos a una determinada situación. Aprender a hacer frente a los problemas diarios es una parte importante de un desarrollo saludable.
  • Estrés tolerable: se produce cuando se presentan dificultades más serias como la pérdida de un ser querido o un hecho traumático.
  • Estrés crónico: se produce cuando se presentan experiencias adversas fuertes, frecuentes o duraderas en el tiempo como la pobreza extrema o el abuso continuado.

Durante las primeras edades este estrés crónico afecta al cerebro de los niños de tal modo que puede tener consecuencias graves, incluso irreversibles en la salud y el bienestar emocional y social. Investigaciones recientes sobre el estrés en la infancia han comprobado que situaciones adversas como la pobreza extrema, los abusos o las negligencias, la exposición a la violencia, el abuso de sustancias por parte de los padres o enfermedades mentales, en las primeras edades, pueden afectar al funcionamiento del cerebro pudiendo interrumpir su desarrollo normal. El cuerpo del niño se mantiene en alerta de forma continua y el sistema de respuesta al estrés no vuelve a diario al punto de partida. Cuando una niña o niño se enfrenta a este tipo de estrés sin el apoyo de un adulto, se vuelve tóxico y el exceso de cortisol perjudica a los circuitos del cerebro en desarrollo.

Pero lejos de una posición determinista, la ciencia nos da esperanza y nos dice que las relaciones estables y ricas durante estos primeros años de vida no sólo pueden prevenir los efectos del estrés temprano sino también revertir sus efectos con beneficios en el aprendizaje, el comportamiento y la salud. Cuando un niño se siente seguro, confía en las personas que le rodean, aprende a dominar su estrés.

Así, una intervención temprana, unas relaciones estables, seguras, confiadas y cariñosas, empezando por la familia pero continuando por los cuidadores, la escuela y los miembros de la comunidad, son fundamentales para poder superar las consecuencias del estrés tóxico. Políticas educativas basadas en la evidencia, que proporcionan condiciones positivas de apoyo para el desarrollo de la infancia temprana, resultan más efectivas y menos costosas que atender a las consecuencias de la adversidad en las primeras edades. Una amplia gama de políticas y servicios de protección a la infancia pueden ser la clave para que muchas niñas y niños tengan una vida saludable y plena.

[Imagen: Unsplash]

Por Begoña Flos

Licenciada en psicopedagogía. Maestra de PT y primaria en el CRA Araboga y miembro del seminario "A hombros de gigantes" de Castellón