Niños y niñas están siendo asesinados al ser expuestos al peligro por los mismos adultos que se supone que deben protegerlos. En casos recientes, algunos niños han perdido la vida a manos de las parejas de sus madres o padres. Esto sucede, en parte, porque algunas personas adultas eligen mantener relaciones con quienes son violentos o peligrosos, sin tomar las precauciones necesarias para garantizar la seguridad de sus hijos o hijas. Es una decisión personal elegir con quién relacionarse, y toda persona adulta tiene la libertad de hacerlo, pero esa libertad no puede ejercerse a costa de la vida de un niño.

En tales situaciones, se ha vuelto común clasificar estos delitos bajo el concepto de «violencia vicaria», que se refiere al daño infligido a los hijos por un agresor para herir emocionalmente a la madre. Sin embargo, este término se utiliza a veces para desviar la responsabilidad de quienes, por acción u omisión, exponen a los menores al peligro. En ciertas narrativas, el enfoque se desplaza de la víctima directa —el niño asesinado— al sufrimiento de la madre, quien entonces es retratada como la víctima principal. Este enfoque invisibiliza a la verdadera víctima y minimiza la responsabilidad parental de haber expuesto a un niño o niña a una persona violenta o peligrosa.

Reconocer que los niños tienen sus propios derechos implica responsabilizar a todas las personas adultas que los rodean, incluyendo tanto a las madres como a los padres. La libertad de los adultos para elegir sus relaciones nunca debe prevalecer sobre su deber de proteger a sus hijos. Este principio está consagrado en la Convención sobre los Derechos del Niño, que exige la protección de los menores frente a cualquier forma de riesgo, priorizando siempre su interés superior.

[Este artículo fue publicado por primera vez en Daily 27 el 4 de junio de 2025]
[Imagen: Freepik]
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Investigadora predoctoral en la Universitat de Barcelona