Las investigaciones muestran que el problema no es que existan menos niñas con altas capacidades, sino que muchas nunca llegan a ser identificadas. La detección tardía limita las oportunidades educativas y puede afectar a su bienestar y desarrollo.

Los datos oficiales muestran una infrarrepresentación persistente de las niñas entre el alumnado identificado con altas capacidades intelectuales. En el conjunto del sistema educativo, solo el 35 % del alumnado identificado son niñas, frente al 65 % de niños. Aunque esta proporción aumenta progresivamente a medida que avanza la escolarización —del 34 % en Educación Primaria al 37,5 % en Bachillerato—, las alumnas continúan siendo minoría en todas las etapas educativas. Esta desigualdad invita a preguntarse cuántas niñas con un elevado potencial permanecen sin identificar y, por tanto, sin acceder a una respuesta educativa ajustada.

Esta diferencia no parece explicarse por una menor presencia de altas capacidades entre las niñas, sino por la forma en que suelen manifestarse. Muchas aprenden con rapidez, muestran una gran sensibilidad social o formulan preguntas complejas, pero desarrollan estrategias para integrarse en el grupo sin destacar. Esa adaptación hace que pasen desapercibidas durante años. A ello se suman los estereotipos de género que pueden influir en la identificación del alumnado con altas capacidades y favorecer que se derive con mayor frecuencia a los niños para una evaluación sociopsicopedagógica. Como consecuencia, numerosas alumnas nunca llegan a recibir una evaluación que permita identificar y atender sus necesidades educativas.

Por otro lado, durante años se ha asociado la alta capacidad con una mayor probabilidad de presentar problemas emocionales. Sin embargo, un metaanálisis reciente no encontró pruebas consistentes de que las personas con altas capacidades presentan más ansiedad o depresión que la población general, aunque sus autores subrayan que la calidad y heterogeneidad de los estudios aconsejan interpretar los resultados con prudencia. En cambio, cada vez hay más evidencia de que las dificultades aparecen cuando las necesidades educativas de este alumnado no son reconocidas ni atendidas adecuadamente.

El verdadero problema, por tanto, no es la alta capacidad, sino su invisibilidad. Cada niña cuyo potencial pasa desapercibido pierde oportunidades de desarrollar plenamente sus capacidades, mientras que la sociedad deja de beneficiarse de ese talento. Avanzar hacia procesos de identificación más amplios, que permitan reconocer perfiles diversos y no dependan únicamente de la sospecha inicial de docentes o familias, constituye un paso importante para reducir esta brecha. Del mismo modo, ofrecer una respuesta educativa que plantee retos cognitivos y oportunidades de aprendizaje para todo el alumnado contribuye a que cada estudiante pueda desarrollarse plenamente.

Imagen: Magnific
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Doctora en Educación. Durante 10 años, pedagoga y orientadora educativa en diversidad de contextos. Actualmente, profesora de la Universidad de Valencia.