Cuando pensamos en la salud física y el buen desarrollo cerebral de los y las menores, resulta evidente la importancia de ofrecerles un entorno seguro, apoyo, interacciones de calidad y estimulantes desde su más tierna infancia. No obstante, las evidencias actuales van todavía más allá.
El centro de desarrollo infantil de Harvard nos ofrece datos reveladores al respecto en la siguiente guía: Lifelong Health and Well-being (Salud y bienestar para toda la vida).
En primer lugar, esta guía destaca que los cimientos para una buena salud física y mental empiezan antes del nacimiento. Un factor interesante que puede influir en la salud del bebé es la salud propia de los progenitores antes de concebirlo.
Otro aspecto que menciona la guía es que muchas enfermedades comunes crónicas de adultos (diabetes, demencia, algunos cánceres) tienen origen en las experiencias y entorno al que se ha estado expuesto en los primeros años de vida.
Todos nuestros órganos, incluido el cerebro, trabajan como un equipo, por sistemas. Cada uno se especializa en una habilidad que complementa la otra. Incluso antes del nacimiento, cada sistema “lee” el entorno, se prepara para responder a él y transmite esa información (o lectura) con el resto de sistemas. Cada sistema, entonces, responde a los demás con una señal de retorno.
¿Qué pasa si no proporcionamos al pequeño ese entorno saludable y seguro del que hemos hablado? Cuando el niño experimenta adversidad, se activa el estrés como defensa y estado de alerta. Esto, en sí, no es negativo (al contrario: es muestra de un buen funcionamiento de nuestro sistema). Lo perjudicial es la exposición a la adversidad mantenida por largos periodos de tiempo sin apoyo de personas adultas. Aquí estamos hablando del llamado “estrés tóxico”, y puede tener consecuencias negativas a lo largo de la vida.
Otra información llamativa de la guía es que las experiencias tempranas dejan huella en nuestro cuerpo, creando “memorias” biológicas que moldean el desarrollo e interactúan con la predisposición genética, para bien o para mal. A esto se le llama “epigenética”. ¿Qué quiere decir eso? Que, dada una predisposición genética a desarrollar una enfermedad, por ejemplo, se pueden disminuir significativamente las probabilidades de que se manifieste, si hay una buena prevención con entornos e interacciones sanas y seguras.
En resumen, nuestros esfuerzos como comunidad para la salud y el bienestar de la infancia deben poner el foco en políticas que van más allá de las sanitarias. Cobran mucha importancia también factores como la vivienda o la calidad del clima y el medio ambiente. En definitiva, se trata de crear entornos realmente estables, seguros y enriquecedores en todos los aspectos y contextos posibles.
Imagen: Magnific
Maestro de educación primaria y especialista de inglés
