Hace unos días conocí a un profesor con el que tuve la oportunidad de hablar largo y tendido sobre distintos aspectos de la educación. Aunque discrepamos en algunos puntos, en general estábamos de acuerdo en los temas más importantes. Por ejemplo, ambos coincidíamos en la importancia de trabajar la lectura desde los cero años, al contrario de lo que se propone en algunas formaciones en las que se menciona la neurociencia para hacer afirmaciones pseudocientíficas.
Uno de los temas que él consideraba fundamentales era la evaluación del profesorado. Me contó que había trabajado como docente en otros países y que, al hablar con profesorado de esos lugares, le decían que les resultaba extraño que aquí no existiera un sistema meritocrático para favorecer a quienes lo hacen bien. En un primer momento, estuve de acuerdo con él en que sería una buena idea favorecer de algún modo al profesorado que desempeña bien su labor. Sin embargo, surge una cuestión clave: ¿con base en qué criterios determinamos quién lo hace bien y quién no?
Sabemos que hay personas que se dedican a impartir formaciones al profesorado y que venden libros sobre educación, pese a no haber conseguido nunca mejorar los resultados de un centro educativo, ni ellos ni nadie que haya aplicado sus propuestas. Si se exigiera al profesorado seguir las indicaciones de estos autores para obtener una buena puntuación en una evaluación, el resultado sería desastroso para la infancia.
Entonces, ¿en qué se deberían basar en caso de evaluar al profesorado? Yo lo tengo claro: en los resultados. El alumnado y las familias se merecen que les ofrezcamos lo mejor; por ello, si se evaluara al profesorado, debería hacerse según los resultados que obtiene su alumnado. Habría que valorar si cada año mejoran los resultados académicos y de convivencia o si, por el contrario, empeoran.
Para que este proceso fuera riguroso, sería fundamental que se publicaran los resultados de las evaluaciones externas que se realizan en cada comunidad autónoma. De este modo, se irían eliminando las actuaciones que no mejoran —o incluso empeoran— los resultados en las escuelas, al tiempo que se verían reforzadas aquellas que ofrecen los mejores resultados en todos los contextos.
En otros ámbitos, como la medicina, tienen muy claro que aquello que no da resultados debe apartarse y que hay que quedarse con lo que funciona. En educación se han dado grandes pasos en este sentido, pero deberíamos seguir avanzando, ya que de eso depende el futuro de los niños y niñas. Por eso, solo apoyaría la propuesta de mi colega si la evaluación se hiciera igual que en medicina, es decir, en función de los resultados.
Imagen generada con IA en ChatGPT
Profesor de educacion primaria durante 7 años y doctorando en la Universitat Rovira i Virgili
