Hoy, 1 de marzo,  se celebra el Día Mundial de la Inclusión Social y Discriminación Cero, un día que tiene como objetivo concienciar sobre la importancia de promover la inclusión social y erradicar la discriminación en todo el mundo. En este artículo vamos a hablar sobre la inclusión social de la mujer gitana, la discriminación a la que ha sido sometida durante años, y destacaremos asociaciones de referentes gitanas, líderes y feministas, que representan las voces del presente y del futuro. 

Me impactó profundamente descubrir, a través de la lectura de Reivindicaciones de la mujer gitana, la práctica de la esterilización ilegal, motivada por prejuicios discriminatorios, que afectó a mujeres romaníes en uno de los países europeos entre 1966 y 2012. Si bien ya estaba interesada por la cultura del pueblo gitano y reflexionaba sobre la ausencia de referentes gitanos y gitanas en el ámbito académico y en puestos de alta calificación, este hallazgo avivó aún más mi preocupación por la histórica discriminación que la comunidad gitana afronta, especialmente las mujeres gitanas. 

La educación, como vehículo de transformación social, se erige como una herramienta crucial. Por ello, a través de conversaciones informales, decidí explorar la perspectiva de docentes de primaria y secundaria sobre las estudiantes gitanas en sus aulas. Pregunté acerca de la importancia dada por el profesorado a la finalización de la educación obligatoria por parte de las niñas gitanas, si se piensa en proporcionarles oportunidades reales equitativas para acceder a la universidad y a empleos más cualificados, y en qué momento del sistema educativo deberíamos fomentar altas expectativas académicas para ellas.

Las conversaciones revelaron que el tema rara vez se discute pero que su importancia es evidente y preocupante. Las mujeres romaníes han experimentado discriminación y marginación, enfrentando una triple discriminación: género, etnia y falta de formación de calidad. Estas dificultades se traducen en obstáculos significativos en el mercado laboral, exacerbando los problemas económicos y perpetuando la exclusión social. 

Las barreras de género, étnicas y formativas son obstáculos importantes. La discriminación laboral basada en el género, la asimilación forzada a la cultura dominante y la falta histórica de formación de calidad afectan a la integración de las mujeres gitanas en el mercado laboral. La baja exigencia académica y la adaptación “a la baja” que han sufrido sus currículos escolares contribuyen a la falta de formación de calidad de las niñas gitanas.

Dime qué le hace falta para subir el nivel, pero no me lo saques de clase, porque luego llega a la secundaria y no tiene el nivel y ahí es donde abandonan”.

No obstante, a través de proyectos como WORKALÓ, Comunidades de Aprendizaje y movimientos feministas dialógicos y asociativos como Drom Kotar Mestipen y Mujeres Gitanas KAMIRAAsociación de mujeres Gitanas Universitarias AMURANDI o la International Roma Women Network, entre otros, emergen mujeres gitanas liderando acciones educativas que son referentes en la comunidad romaní, que han mejorado sus vidas y las de sus familias. Gracias a su participación activa, han logrado la inclusión de sus voces en la ciencia y en los discursos feministas. La promoción de una educación de calidad e inclusiva, fundamentada en altas expectativas, ha permitido que accedan a la universidad y a empleos dignos. Esta realidad prometedora abre un horizonte esperanzador para las niñas gitanas.

Como comunidad educativa comprometida, debemos adoptar un enfoque de comunidad de aprendizaje que, desde el primer día en que una niña ingresa a nuestras aulas, independientemente de su origen étnico y situación socioeconómica, guíe a todo el profesorado en la tarea de cultivar altas expectativas en las alumnas gitanas. Este esfuerzo, desde los primeros años de educación infantil hasta la universidad, representa un compromiso total en la lucha contra las desigualdades sociales que han sido heredadas.

[Imagen: I Congreso Internacional de mujeres gitanas: Asociación Dromkotar]

Por Carolina Grau

Licenciada en Pedagogía y profesora de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Valencia