En ocasiones, desde debates educativos alejados de la evidencia científica, se ha cuestionado si es beneficioso o, por el contrario, perjudicial que en la etapa de educación infantil (0-6 años) se planteen aprendizajes de alto nivel que supongan retos cognitivos para niños y niñas. A lo largo de más de veinte años de experiencia en escuelas, he participado en numerosas conversaciones de este tipo. Algunas voces defendían que en estas edades debían priorizarse enfoques centrados exclusivamente en el juego libre, sin la guía de personas adultas, otorgando una importancia secundaria a los aprendizajes académicos por considerarlos inapropiados o incluso negativos.

Sin embargo, resulta llamativo que, mientras se sostenía esta postura, también era frecuente escuchar preocupaciones sobre el escaso vocabulario con el que llegaba parte del alumnado a las aulas. En muchas ocasiones, la responsabilidad recaía exclusivamente sobre las familias, sin reparar en una contradicción evidente: si consideramos importante estimular el desarrollo lingüístico de la infancia, ¿por qué renunciar precisamente desde la escuela a generar las oportunidades de aprendizaje que pueden favorecerlo?

Más allá de las opiniones personales, la educación debe apoyarse en el conocimiento científico disponible para contribuir a la mejora social y garantizar el máximo desarrollo de todos los niños y niñas, sin exclusiones. Las principales aportaciones de la psicología, la pedagogía y la neurociencia coinciden en una idea fundamental: las primeras edades constituyen un periodo especialmente sensible para el desarrollo cognitivo y lingüístico, y las oportunidades educativas de calidad resultan particularmente relevantes para quienes parten de situaciones de mayor vulnerabilidad.

Ramesh (2022) recoge en este capítulo que el desarrollo del cerebro humano experimenta un crecimiento significativo en los primeros dos años de vida, sentando las bases para su desarrollo estructural y conectivo a través de la infancia, la adolescencia y la edad adulta. También nos recuerda que la disponibilidad de oportunidades educativas que tenga el niño o la niña facilitará el desarrollo de su capacidad cognitiva, ya que las conexiones neuronales en el cerebro se reconfiguran a medida que se aprende y se adquieren nuevas habilidades y experiencias.

Bruner (2012, p.140), desde una perspectiva psicológica, aclaraba que «la preparación no solo nace, también se hace» y que «la mente del niño no se mueve hacia niveles más altos de abstracción como la marea cuando sube» (2012, p.141).

Centrándonos en la comunicación y la adquisición de vocabulario, no hay que perder de vista algo que ya nos decía Vygotsky en Pensamiento y lenguaje (2018, pág. 103):

«La función primaria del lenguaje, tanto en niños como en adultos, es la comunicación, el contacto social. El habla primitiva del niño es, por tanto, esencialmente social.»

En este mismo libro, Vigotsky (2018, p.148) cita a Ch. Bühler, Hetzer y Tudo-Hart (1927), quienes decían que la función social del habla se hace claramente patente durante el primer año, es decir, en el estadio preintelectual del desarrollo del habla. Estos autores indicaban que, a la edad de 2 años, las curvas del desarrollo del pensamiento y el habla, hasta entonces separadas, se encuentran y se juntan, y es aquí cuando el habla comienza a servir al intelecto y los pensamientos comienzan a ser dichos. Seguro que quienes trabajamos con la infancia o tenemos hijos e hijas, sobrinos o nietos pequeños reconocemos algo que ocurre en ese momento: la activa curiosidad por las palabras preguntando cada cosa nueva y el aumento, rápido y brusco, de su vocabulario.

Estudios desarrollados en la Universidad de Harvard han llegado a las mismas conclusiones desde el ámbito de la neurociencia. Sus investigaciones destacan la importancia de las interacciones de calidad entre personas adultas y niños para dotar de significado al lenguaje, favorecer la comunicación y ampliar progresivamente el vocabulario. Cada conversación, cada pregunta respondida y cada palabra nueva compartida constituyen oportunidades de aprendizaje y amplían horizontes que contribuyen al desarrollo cerebral y cognitivo.

La escuela tiene la oportunidad de ser quien proporcione entornos ricos en interacciones, juegos guiados por un adulto, oportunidades de ampliar el vocabulario o de impulsar diálogos profundos sobre temas que les preocupen, siempre desde las altas expectativas.

«A esa edad el niño solo sabe las palabras que le proporcionan los demás.» (Vigotsky, 2018, p.149)

Cuando conocemos las evidencias científicas, las discusiones basadas únicamente en opiniones pierden relevancia. Sabemos que el desarrollo temprano del lenguaje constituye uno de los pilares sobre los que se construirán aprendizajes más complejos a lo largo de toda la vida. También sabemos que no todos los niños y niñas disponen fuera de la escuela de las mismas oportunidades de interacción, conversación o acceso a un vocabulario rico y diverso. Esta perspectiva crítica nos puede ayudar a ser conscientes de los efectos negativos que tienen las corrientes educativas que animan a no intervenir, a solo observar o a promover actividades sin la guía de la persona adulta.

Quizá la pregunta para el próximo curso no sea si los niños y niñas de infantil están preparados para aprender más, sino si los y las docentes estamos preparados para ofrecerles todas las oportunidades de aprendizaje que la evidencia científica demuestra que necesitan y merecen.

Imagen generada con IA en ChatGPT
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Doctora en Educación. Durante 23 años maestra de pedagogía terapéutica y educación primaria y 8 años directora del CEIP L'Escolaica. Profesora en la Universidad de Valencia.