Hay escenas diarias que pasan desapercibidas pero que encierran cuestiones profundas sobre las personas. Un niño o niña de apenas tres años observa cómo otro niño cae en la calle. Sin que nadie se lo pida, se acerca y le ofrece ayuda. ¿Este comportamiento prosocial es innato o aprendido?

Durante mucho tiempo se ha interpretado este tipo de situaciones como la expresión de un supuesto carácter innato. Esta idea sigue muy presente en nuestro lenguaje cotidiano cuando afirmamos que alguien «ha nacido con buen corazón» o que otro «siempre ha sido así». Sin embargo, las investigaciones sobre el desarrollo dibujan un panorama mucho más complejo y esperanzador.

Hoy sabemos que los seres humanos nacemos con determinadas predisposiciones para relacionarnos con los demás, pero también sabemos que la capacidad para cuidar, compartir, cooperar, mostrar compasión o comprometerse con el bienestar ajeno no aparece completamente desarrollada desde el nacimiento. Estas capacidades se construyen progresivamente a través de las relaciones que mantenemos con nuestra familia, nuestros docentes, nuestros amigos y con todas aquellas personas que forman parte de nuestra vida cotidiana.

Esta idea no es nueva. Hace casi un siglo, el filósofo y sociólogo estadounidense George Herbert Mead  ya defendía que la personalidad no surge de forma aislada, sino que se construye en la interacción con otras personas. Frente a las teorías que concebían el «yo» como una realidad puramente individual, Mead propuso una visión profundamente social del ser humano. Para él, llegamos a ser quienes somos porque vivimos con otros, porque aprendemos a interpretar sus gestos, sus expectativas y sus respuestas hacia nosotros.

«La persona es algo que tiene desarrollo; no está presente inicialmente, en el nacimiento, sino que surge en el proceso de la experiencia y la actividad social (…)» (Mead, 2015, p. 167).

Esta idea sigue teniendo una enorme vigencia, especialmente cuando hablamos de educar para la tolerancia 0 a la violencia. Cada vez que un niño o una niña ayuda a alguien, decide no burlarse de quien se ha equivocado o protege a una víctima, está construyendo una forma de relacionarse con los demás que, con el tiempo, pasará a formar parte de su identidad. Por eso debemos prestar atención a cada conversación, a cada gesto y a cada decisión cotidiana, porque transmiten mensajes mucho más poderosos que cualquier discurso sobre valores

La investigación actual en psicología del desarrollo parece dar la razón a aquella intuición formulada por George Herbert Mead hace casi un siglo. Hoy disponemos de numerosas investigaciones que muestran que la capacidad para ayudar, cooperar o preocuparse por los demás no constituye un rasgo fijo con el que nacemos, sino un proceso de desarrollo que evoluciona durante toda la infancia.

Una de estas investigaciones muestra que ya desde el segundo año de vida comienzan a aparecer conductas claramente prosociales y remarca la importancia de lo que llaman  «web of care» (red de cuidados) para explicar que la prosocialidad surge cuando los niños crecen rodeados de personas que modelan y practican conductas de cuidado.

Nos dan una buena noticia y es que aunque la infancia experimente situaciones adversas y esto dificulte el desarrollo prosocial, no les condena a desarrollar conductas antisociales. La escuela, la familia o la red de amistades pueden ser factores de protección que permiten recuperar o mantener una trayectoria prosocial. Esto es posible favoreciendo la creación de relaciones seguras con, al menos, un adulto, promoviendo relaciones positivas con los iguales, fortaleciendo el sentimiento de pertenencia a la comunidad y mediante actuaciones educativas de éxito que faciliten el cuidado y la colaboración. 

Desde esta perspectiva, la educación en valores deja de entenderse como una asignatura o un conjunto de actividades puntuales para convertirse en una característica de toda la vida del niño, niña o adolescente. Los valores no se transmiten únicamente mediante explicaciones; se construyen cuando forman parte de las interacciones cotidianas y de las experiencias compartidas.

Imagen: Chat GPT
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Doctora en Educación. Durante 23 años maestra de pedagogía terapéutica y educación primaria y 8 años directora del CEIP L'Escolaica. Profesora en la Universidad de Valencia.