Ayer, compañeros muy creativos de mi promoción de la escuela sacaron el tema de la diferencia entre la dirección y el sentido. Fue inevitable el precioso recuerdo de un gran profesor que nos lo enseñó hace 58 años de una forma inolvidable. Nuestra primera motivación al saber que nos daría clase era preguntarle si era familia del entonces gran portero del Athletic y de la selección. Pero, al ver su viva mirada por encima de su bata blanca y su curiosa expresión, comenzamos a desarrollar otras motivaciones.

Era un maestro de la relación entre el pensamiento abstracto y el pensamiento concreto, en una época en que predominaba el error de Piaget de considerar el concreto casi solo como una etapa primitiva del muy superior abstracto. Todavía no había llegado la posterior ola de Vigotsky que acertaba en la vinculación entre abstracto y concreto. Iríbar no nos explicó solo en abstracto la diferencia entre dirección y sentido. Por el contrario, nos dijo con mucho énfasis: «Si un guardia para el coche de vuestra familia y dice que va a poner multa por circular por dirección prohibida, decís que está muy equivocado, que esa dirección no está prohibida, que lo que está prohibido es solo uno de sus sentidos». ¡Inolvidable!

Curiosamente, ayer el tema surgió también con esa misma relación, con el “acertijo” de si, desde Bilbao, Cantabria y Gipuzkoa, estaban o no en la misma dirección. Quizá ese profesorado no nos legó solo un aprendizaje puntual, sino también una forma de relacionar y de respetar el valor de diferentes pensamientos. Actualmente, un nuevo requisito de la ciencia es la cocreación, construir los conocimientos en diálogo igualitario entre ciencia, profesionales y ciudadanía, entre el pensamiento abstracto de la ciencia sobre los coronavirus y el pensamiento concreto de muy diversas personas sobre los efectos que han tenido las vacunas en cada uno de sus cuerpos.

Gracias Iríbar, gracias profesorado.

Imagen: Freepik
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