Hace unas pocas semanas, un grupo de catorce madres decidió volver a sentarse en un aula del CEIP Antonio Ferrandis de La Coma de Paterna como alumnas del taller de Alfabetización que ofrece la escuela organizada como Comunidad de Aprendizaje. Junto a varias voluntarias, retomaron sus clases de alfabetización que nacían de un deseo expresado por ellas mismas: aprender a leer y escribir en el mismo colegio donde cada día aprenden sus hijos e hijas.
La iniciativa se desarrolló el anterior curso escolar en el marco de la actuación educativa de éxito de formación de familiares, basada en el aprendizaje dialógico (Flecha, 1997). Desde el inicio, el objetivo fue más allá de aprender letras, sílabas y normas ortográficas; se trataba de generar un espacio de aprendizaje compartido, de diálogo, de apoyo mutuo y de altas expectativas.
Tras meses de trabajo, las participantes valoraron muy positivamente el taller y expresaron que significaba tanto aprender para ayudar a sus hijos e hijas con los deberes como comunicarse mejor con otras personas o incluso obtener, más adelante, el permiso de conducir. También destacaban sentirse cómodas y parte del grupo, y el deseo de contar con más sesiones semanales para agilizar el aprendizaje. El taller era mucho más que un espacio para aprender a leer y escribir: era una oportunidad para compartir, ganar confianza y plantearse nuevos retos. Llegamos al final del curso y nos propusimos iniciar el siguiente con una tertulia literaria dialógica utilizando grandes obras de la literatura universal. El nuevo reto era ambicioso, pero sabíamos que las evidencias científicas muestran que acercar las mejores creaciones culturales a todas las personas, sobre todo a quienes históricamente han tenido menos oportunidades de acceder a ellas, garantizando interacciones de calidad, genera más oportunidades de aprendizaje y desarrollo que rebajar los contenidos o las expectativas.
De entre varias alternativas, las mamás eligieron Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez, y enseguida comprendimos que habíamos acertado. Bastó leer una página y media para que las participantes identificaran casi una decena de palabras que nunca habían utilizado: crepúsculo, hocico, espejos de azabache, ámbar o trotar, entre otras. Sin embargo, lejos de generar rechazo, aquellas palabras despertaron curiosidad. Las mujeres preguntaban, debatían, proponían interpretaciones junto a las voluntarias y conectaban las expresiones del texto con sus propias vivencias. Así descubrieron que eran capaces de comprender una obra literaria y de acercarse a un vocabulario y a unas conversaciones que, en un principio, pensaban que estaban fuera de su alcance.
La elección de las grandes obras de la literatura para realizar tertulias literarias dialógicas no es casual. Estas obras contienen un lenguaje rico, complejo y preciso que amplía las posibilidades comunicativas de quienes las leen. Además, abordan los grandes temas y valores que han preocupado a la humanidad a lo largo de la historia: el amor, la amistad, la justicia, la libertad, la dignidad o la solidaridad. Leerlas colectivamente en formato de tertulia dialógica permite que todas las personas, independientemente de su nivel educativo previo, puedan dialogar sobre cuestiones profundamente humanas desde posiciones de igualdad.
Ahora, con el inicio de un nuevo curso escolar, regresan las ganas de aprender. Algunas participantes se llevaron Platero y yo a casa; otras fotografiaron todas las páginas del capítulo para prepararlo antes de la siguiente tertulia e incluso compartieron su deseo de leerlo junto a sus hijos e hijas. Gestos sencillos que muestran que la lectura trasciende el aula. Lo que sucede cada semana en este taller nos recuerda algo fundamental: cuando la educación se construye desde el diálogo, las altas expectativas y el acceso a las mejores creaciones culturales de la humanidad, la alfabetización se convierte también en esperanza, en oportunidades y en futuro.

