En el mismo contexto del caos que los medios están reflejando estos días, se invisibiliza el extraordinario papel que desempeñó la educación durante los días de la DANA. Las escuelas demostraron ser mucho más que centros educativos: se convirtieron en espacios privilegiados para gestionar la emergencia y cuidar a sus comunidades. Son las instituciones que mejor conocen a su alumnado, a las familias y al profesorado y, por tanto, las mejor preparadas para actuar con rapidez y empatía.

Un artículo publicado en una de las revistas científicas que saben combinar la excelencia con la rapidez (y por eso publican en ellas premios Nobel) y firmado por un equipo liderado por la profesora Esther Roca, de la Universitat de València, relata cómo, durante esos días, equipos docentes y personas investigadoras se pusieron manos a la obra. Esas 18 escuelas, basándose en su larga experiencia previa en la aplicación de actuaciones educativas de éxito, y en la excelencia de su actuación durante la pandemia de la COVID, lograron aplicar durante la DANA, de forma muy urgente, medidas inspiradas en actuaciones ante catástrofes naturales que habían demostrado resultados positivos en investigaciones previas.

El trabajo conjunto entre investigación y práctica educativa permitió, sobre esa base, desarrollar actuaciones que facilitaron el apoyo, la recuperación y la regeneración del tejido social y emocional de las comunidades escolares.

Entre las primeras medidas, destacó el mapeo de las comunidades educativas, incluyendo alumnado, profesorado y familias. Este proceso permitió conocer con precisión la situación de cada persona y atender las necesidades de la forma más justa y eficaz posible.

Algunas escuelas quedaron completamente arrasadas, ubicadas en la denominada “zona cero”; otras tuvieron familias afectadas de forma parcial; y muchas más, aun sin daños directos, se movilizaron para ofrecer apoyo y recursos. La solidaridad surgió desde todos los rincones: donaciones de alimentos y bienes de primera necesidad, redes de ayuda impulsadas por el propio alumnado, e incluso cartas de apoyo que acompañaban a los paquetes enviados a las zonas más afectadas.

Otra de las actuaciones esenciales fue mantener conectadas a las comunidades, especialmente a la infancia. No se trataba solo de atender las necesidades físicas y emocionales, sino también de preservar un espacio seguro de relación y aprendizaje.

Las tertulias literarias dialógicas, que ya se venían realizando desde hacía años, se potenciaron durante la DANA y ofrecieron un entorno en el que niños y niñas pudieron reencontrarse con sus amistades, compartir preocupaciones y seguir aprendiendo juntos en medio de la adversidad.

Como ya se ha publicado en este mismo medio, la educación desempeñó un papel crucial en la transformación social tras la catástrofe. Profesores, familias, alumnado e investigadores, con ideologías diversas, trabajaron codo a codo con un objetivo común: superar la situación y proteger a las personas más vulnerables, especialmente la infancia y quienes presentan diversidad funcional.

Esta experiencia demuestra que centrar las actuaciones en evidencias científicas y unir esfuerzos desde la diversidad fue la clave para lograr una respuesta rápida, humana y efectiva ante la DANA. Una vez más, la educación ha mostrado su poder para reconstruir, proteger y transformar comunidades enteras.

Imagen: unsplash
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Maestra de educación infantil. Dra. en Sociología por la Universitat de Barcelona