Mientras algunas experiencias educativas como Comunidades de Aprendizaje y actuaciones educativas de éxito logran, desde las evidencias científicas, reducir desigualdades y abrir oportunidades, algunas periodistas parecen más interesadas en alimentar la máquina del fango que describió Umberto Eco -esa que fabrica sospechas, difama y mancha trayectorias- que en contar la verdad. En lugar de poner el foco en los logros, prefieren levantar titulares sensacionalistas a base de rumores, testimonios aislados y caricaturas.
Y no es la primera vez. Estas mismas periodistas ya participaron (y siguen haciéndolo) en campañas mediáticas que, en lugar de señalar a los verdaderos responsables de violaciones a niñas, abusos y encubrimientos, desviaron la atención contra quienes apoyaban a las víctimas. Y ahora, atrapadas en esa lógica de vendetta, han optado por seguir adelante con esas calumnias, aunque ello suponga arrasar con todo. Consciente o inconscientemente, en esta decisión reflejan una bajeza profesional y personal alarmante: les da igual si, en este camino, destruyen proyectos que están mejorando la educación de los niños y niñas y de sus familias, incluidos aquellos y aquellas que se encuentran en las situaciones más desfavorecidas. Les da igual si destrozan los sueños de quienes, gracias a estas actuaciones, por primera vez tienen la oportunidad de aspirar a una vida distinta. Dice la sabiduría popular que “una retirada a tiempo es una victoria” y que “rectificar es de sabios”, pero ellas prefieren “morir matando”. Que cada cual saque sus conclusiones.
El periodismo tiene sentido cuando informa con rigor, no cuando se convierte en engranaje de la máquina del fango. Y menos aún si se hace desde un medio público. La ciudadanía no puede tolerar que se utilicen nuestros recursos para demoler lo que más necesitamos: una educación que rompe desigualdades y abre futuro a los niños y niñas, incluidos los y las más vulnerables. Porque, aunque parezca inconcebible para quienes solo se miran el ombligo, lo importante son los niños y niñas, que se merecen que les hagamos volar más alto y que les protejamos de aquellos a quienes no les importa poner en riesgo su futuro.
Y es que, en las últimas décadas, las comunidades de aprendizaje y las actuaciones educativas de éxito han transformado la vida de miles de niños y niñas, familias y docentes. Son actuaciones reconocidas por la comunidad científica internacional, recogidas en decenas de publicaciones, en revistas científicas indexadas en las principales bases de datos académicas. Se trata de la evidencia científica que más impacto social ha demostrado en rendimiento académico y convivencia escolar. Y los resultados hablan por sí solos. Centros de alta complejidad como la Escuela Joaquim Ruyra de L’Hospitalet, que recibió el Premio Enseñanza 2017, o la Escola Mare de Déu de Montserrat de Terrassa, galardonada con el Premio Enseñanza 2018, son ejemplos palpables de este impacto. Gracias a estas transformaciones, por primera vez alumnos de barrios históricamente excluidos están accediendo a la universidad. Romper el determinismo social y educativo, algo que antes parecía imposible, es hoy una realidad documentada y celebrada.
Las comunidades de aprendizaje son hoy un antídoto probado y reconocido contra el fracaso educativo. Si algo debemos exigir a los medios públicos es que sean altavoces de esa esperanza, no cómplices de su destrucción. El futuro de los niños y niñas tiene que estar por encima. Y ese futuro no se vende ni se pisotea: se protege, se cuida y se impulsa.
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Profesora Lectora de Sociología (Universidad de Barcelona)
