Al amanecer del 1 de septiembre salí a caminar por un bosquecito, después de una noche de fuertes vientos que habían azotado la zona. Encontré un viejo sauce derribado, cuyas ramas vencidas eran sostenidas por otros árboles, como brazos poderosos que se negaban a dejarlo caer. Sus raíces también estaban abrazadas a las de otros árboles vecinos, como poderosos tentáculos. Aquella escena me conmovió: ¿acaso los árboles nos dan lecciones de solidaridad que necesitamos?

Los científicos han demostrado que los árboles sobreviven mediante diversas formas de cooperación e interdependencia mediante raíces que funcionan como redes subterráneas. Entonces comprendí que nosotros deberíamos aprender a sostenernos cuando alguien cae, en lugar de destruirnos.

Siguiendo este argumento, el Día del Árbol no solo se limita a posar para las redes sociales, sino que es una oportunidad para sembrar solidaridad en la conciencia de nuestros niños, niñas y jóvenes. La educación tiene la responsabilidad de formar personas capaces de convivir, cuidar y proteger, como sucede en un bosque donde árboles, hierbas, aves y otros seres construyen juntos el ciclo de la vida.

Consciente de esta genuina solidaridad ambiental, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) estableció el Día Mundial del Árbol a partir de 1974, que coincide con la celebración del Día del Árbol en Perú cada 1 de septiembre. Una fecha en la que rendimos un homenaje a los árboles, que son nuestros amables pulmones verdes que nos ayudan a vivir mejor, de tal manera que, si escasean los árboles, la vida de la humanidad ingresará a un callejón poco saludable.

Basta mirar nuestro entorno: muchos colegios, institutos y universidades apenas lucen algunos árboles en sus alrededores. Entonces, ¿cómo podemos educar una sociedad ecológica si nuestras instituciones educativas no se atreven a predicar con el ejemplo? Educar ambientalmente significa sembrar, cuidar y proteger árboles, transformando nuestros espacios educativos en auténticos modelos de sostenibilidad.

Asimismo, las calles y avenidas necesitan más árboles y son los ciudadanos, las ciudadanas y los municipios los responsables de plantarlos y cuidarlos. Esta tarea constituye una responsabilidad compartida, como parte de una cultura ciudadana comprometida con los Objetivos de Desarrollo Sostenible que impulsa una vida saludable.

Cuando un árbol cae, otros lo sostienen; si aprendemos esta lección ecológica, podremos construir una sociedad solidaria y cada vez más arborizada y menos aislada.

Imagen: Magnific
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Licenciado en educación por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Perú) y máster en Ciencias pedagógicas por la Universidad de La Habana. Profesor de postgrado en varias universidades desde el 2015. Miembro del Comité científico en varias revistas científicas indexadas y coautor de artículos en Scopus, Scielo y Latindex.