El consenso científico es claro: las vacunas no causan autismo. Han pasado ya décadas desde que en 1998 se publicara el artículo de Wakefield —hoy retractado— que encendió la alarma, y desde entonces los investigadores e investigadoras han explorado todas las posibilidades, incluida la vacuna triple vírica (sarampión, paperas y rubéola), el timerosal o la activación del sistema inmunitario. Ninguna está relacionada con el autismo. En su lugar, el autismo se entiende como una condición del neurodesarrollo en la que intervienen tanto factores genéticos como ambientales. Pero, aunque la ciencia es clara, el debate continúa. Una nueva revisión de Gulati y colaboradores (2025) señala por qué el mito sigue teniendo credibilidad, revelando fallos crecientes en la comunicación en salud pública.
Por qué sobrevive el mito
Los autores sostienen que la persistencia del miedo a una relación entre vacunas y autismo tiene poco que ver con los datos y mucho que ver con la desconfianza epistémica. Esto se refiere a una profunda erosión de la confianza en las instituciones, la ciencia y los gobiernos. Una vez que la confianza se rompe, es muy difícil repararla solo con hechos. Mientras que las historias de madres y padres sobre una regresión repentina en sus hijos reciben gran atención —aunque no reflejen causalidad—, los artículos científicos rara vez tienen el mismo peso emocional. De hecho, el artículo sitúa este fracaso en una historia más amplia: crisis de salud pública como la de la talidomida, el VIH o la COVID-19 muestran lo que ocurre cuando falla la comunicación y se rompe la confianza. A menos que las instituciones aprendan de estas lecciones, los mitos volverán a resurgir en nuevas formas, una y otra vez.
El artículo añade, además, que presentar el autismo como algo que las vacunas podrían “causar” —y las agendas de investigación centradas en la “prevención” que buscan explorar esa hipótesis— refuerza el estigma, al sugerir que las vidas autistas son problemas que hay que resolver en lugar de personas a las que apoyar. De hecho, se han invertido miles de millones en investigaciones destinadas a refutar la supuesta relación entre vacunas y autismo, cuando esos recursos podrían haberse destinado a mejorar los servicios, la educación y la calidad de vida de las personas autistas. Peor aún, mientras se dedica tiempo a retomar miedos antiguos, la reticencia hacia las vacunas alimenta brotes de sarampión y complica la respuesta frente a la COVID-19.
Qué hacer
Por tanto, simplemente repetir «las vacunas son seguras» no es suficiente. Gulati y colaboradores reclaman enfoques basados en la empatía, la transparencia y la equidad. Esto significa implicarse directamente con las comunidades, reconocer los miedos sin despreciarlos y situar las voces autistas en el centro de cómo se configuran la investigación y las políticas.
Conclusión
El debate sobre vacunas y autismo debería haber terminado hace años. Sin embargo, sigue distrayendo, estigmatizando y poniendo en peligro. Como deja claro esta revisión, la tarea real no es solo demostrar que las vacunas son seguras, sino reconstruir la confianza, valorar las vidas autistas y garantizar que los sistemas de salud respondan con empatía y aprendan de los errores del pasado. Solo así podremos proteger a los niños y niñas de enfermedades prevenibles, a la vez que construimos un mundo en el que las personas autistas y sus familias puedan prosperar.
Este artículo fue publicado por primera vez en Daily 27, el 26 de agosto de 2025
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Profesora Lectora de Sociología (Universidad de Barcelona)
