Cuando en el 2020 morían muchas personas que se podrían haber salvado si hubiera suficientes respiradores, reivindicábamos más recursos. Sin embargo, no pedíamos a las personas de ciencia que disminuyeran su énfasis en las evidencias científicas de impacto social para dedicar menos tiempo y energía a encontrar vacunas eficaces y emplearlo en reivindicar más respiradores y criticar unas opciones políticas y defender otras. Solo los más dogmáticos anticiencia relativizaban la importancia de las vacunas.

Una de las actitudes que más perjudica al derecho a la educación es la relativización de las evidencias científicas de impacto social acompañada de la afirmación de que la solución pasa por más recursos y por criticar determinadas opciones políticas y defender otras. No solo perjudica los resultados educativos del alumnado, sino que la forma de reivindicar más recursos para educación logra que se dediquen menos. Tomar más medicamentos que no son los adecuados no mejora nuestra salud, la empeora. Más actuaciones educativas que no son las adecuadas no mejoran la educación, la empeoran. Hay múltiples ejemplos como la educación emocional y/o sexual basada en defensores de la violación y la pederastia como Foucault. La mejor forma de lograr más recursos para la educación es usar bien los que ya existen; así la ciudadanía ve que vale la pena invertir en este ámbito y reivindica que los gobiernos dediquen más recursos.

La Comisión Europea ha seleccionado, financiado y publicado el informe sobre las actuaciones que mejoran la convivencia y las que la empeoran. Son pocas, porque la mayoría de programas y actuaciones que se llevan a cabo en nuestros centros educativos no la mejoran e incluso una gran parte la empeoran. Por increíble que parezca, muchos de esos centros siguen aplicándolas. En España hay quienes nos sugieren que no hablemos de evidencias científicas porque hay profesionales que se enfadan; hay incluso quienes nos dicen que no digamos eso de esos programas porque quienes los promueven reaccionan con mucha violencia contra nosotras y nosotros. Sería como si un informe científico sobre el COVID evitara decir que no se supera tomando lejía y se limitara a afirmar que “hay expertos que dicen que se supera con vacunas y hay otros que dicen que es con lejía”. 

Profesionales que forman a otros profesionales y que son anticiencia dirán dentro de unos años que nunca lo fueron, que nunca han sido contrarios a la ciencia. Pero no son conscientes de que en la era de internet queda prueba de todo. Aunque no les preocupe estar ganando dinero y fama perjudicando al alumnado y a la sociedad, debiera bastar su motivación por evitar ese desprestigio futuro y un poco de inteligencia para dejar de atacar las evidencias científicas de impacto social.

Por Ramón Flecha

Catedrático Emérito de la Universidad de Barcelona. Investigador número 1 del ranking científico internacional Google Scholar en las categorías de "gender violence" y "social impact" (violencia de género e impacto social, respectivamente). Director de REVERS-ED.