Una transformación para el siglo XXI

La palabra “artista” ha tenido, como tantas otras, una evolución a lo largo de la historia. Hasta el Renacimiento en los siglos XV y XVI las artes liberales eran aquellas que tenían un origen intelectual y se dividían en lo que durante siglos fue la base de la educación: el trívium (gramática, retórica y dialéctica) y el quadrívium (aritmética, geometría, astronomía y música). Estas artes eran alentadas por las nueve musas griegas y su cultivo daba prestigio social mientras que las artes plásticas como la pintura, la escultura y la arquitectura eran consideradas cosas de meros artesanos que trabajaban con sus propias manos. De ahí que conozcamos el nombre de muchos menos artistas durante todo este periodo, ya que no tenían la consideración pública que alcanzarían después, desde el Renacimiento hasta hoy. Quizá Fidias, el gran arquitecto y escultor de la Atenas clásica sea una de las pocas excepciones, junto con Apeles, pintor del que nos ha llegado su fama gracias a la literatura, pero ninguna obra. 

Durante el Renacimiento se opera una transformación radical que hace que el artista sea reconocido como un ser especial dotado de talentos casi divinos, la idea del genio, y cuyo nombre se recuerda y se individualiza porque, además, crean cada vez con una mayor libertad: Giotto, Botticelli, Miguel Ángel, Rafael, Leonardo y, algo más tarde, Artemisia Gentileschi o Velázquez entre muchísimos otros. Todas estas personas creaban objetos concretos y reconocibles, las grandes obras de arte de la humanidad, que todavía hoy valoramos y reconocemos como la base del gusto estético porque buscaban la reunión de la verdad, la bondad y la belleza. De ahí la importancia de que en los contextos educativos se acerquen a la ciudadanía estas creaciones artísticas y musicales para dialogar sobre ellas y fomentar el gusto por lo bello porque no es lo mismo el urinario de Duchamp que el busto de Atenea Lemnia de Fidias. 

En el siglo XXI estamos asistiendo a una nueva categoría de la palabra artista, a una dimensión que sigue buscando la fusión de lo bello, lo bueno y lo verdadero, pero no desde la creación de objetos (ya sean partituras, edificios, esculturas o pinturas) sino desde la creación y recreación de obras sociales. Son los llamados “artistas de la creación social”.  Esta transformación ya es -y va a ser en el futuro aún más- trascendental, por lo que dialogar sobre ella nos ayudará a socializarnos en una mirada que puede hacer que se anticipe el reconocimiento que estas personas han merecido en el pasado y merecen en el presente. 

Algunos de los rasgos que caracterizan a las personas que son artistas sociales son los siguientes:

1. Son personas que crean nuevas relaciones sociales. Relaciones que potencian las posibilidades de expresión y libertad. Personas que transforman espacios para liberar en lugar de reproducir las interacciones sociales ya existentes basadas en la violencia, el dominio o el acallamiento de otras voces. 

2. Estas personas pueden, a veces, crear instituciones sociales que mejoran las interacciones humanas y expanden la comunicación, el diálogo igualitario y la formación científica de sus participantes. Algunos ejemplos podrían ser la creación de la primera escuela de mujeres conocida, por parte de Safo; la escuela neoplatónica de Alejandría liderada por Hipatia donde se buscaba la sabiduría y la perfección ética por encima de cualquier división religiosa; o la creación a finales de los años 70 de las tertulias literarias dialógicas que, hoy en día, han acercado -y lo siguen haciendo- las mejores obras de la literatura universal a todas las personas sin ningún tipo de exclusión y con las más altas expectativas.

3. Otras veces la lucha y perseverancia de las y los artistas sociales lleva aparejada un cambio legislativo que mejora la vida de la gente. Así, la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos arrancó con el gesto en el autobús de Rosa Parks y llevó a una amplia movilización que acabó con las leyes de segregación racial. Otro ejemplo sería la generosidad contra corriente de Clara Campoamor logrando con su iniciativa que las mujeres españolas pudieran votar a partir de 1931 y enseñándonos, además, que hay otras formas de encarnar el patriotismo muy diferentes a las de los supuestos padres de la sociología, Emile Durkheim y Max Weber, durante la Gran Guerra de 1914. 

Las movilizaciones en curso del #MeToo ya están logrando y seguirán haciéndolo que mejoren las leyes en contra del acoso sexual, de primer y de segundo orden, en diversos contextos internacionales. 

4. Son personas que trabajan en co-creación con otras personas y que lo hacen porque de esa manera enriquecen sus vidas y las de los demás, porque así son felices y se lo pasan mejor, porque de esta forma sus vidas son más plenas al llenarse de sentido, amor y amistad y no porque busquen el reconocimiento, el prestigio o la remuneración. La creación social no cotiza en el mercado y su valor viene dado porque cada vez más personas aprecian, desean y recrean esas relaciones sociales. Como dijo Antonio Machado “todo necio confunde valor y precio”. 

5. Ser artista social no implica que se creen siempre nuevas relaciones o instituciones, sino que pueden ser personas que recrean o mantienen aquellas creaciones que ya existen y han tenido éxito. En educación, por ejemplo, es muy valioso para nuestras sociedades que en cada contexto se recreen las actuaciones educativas avaladas por la ciencia. No se es más artista social por “innovar” sin base científica y sin impacto social. Es esa visión tradicional del artista, solitario y genial, la que el concepto de artista social supera, al poner en el centro la defensa de los derechos humanos, la verdad de la ciencia y la bondad de las relaciones humanas. 

Los miles de docentes que en sus diversos contextos luchan por mejorar las relaciones de la comunidad educativa, por abrir las puertas a todas las voces, por llevar el rigor científico a sus aulas para lograr el mejor aprendizaje y por posicionarse en contra de toda forma de violencia, son artistas sociales. 

Las familias que solidariamente se acercan a los centros a ayudar en la educación de las niñas y de los niños y de los adolescentes y que, con ello, además mejoran sus vidas creando sentido, son artistas sociales. 

Los estudiantes que se esfuerzan por aprender, que ayudan a sus compañeros, que renuncian a ser rinocerontes y prefieren ser valientes posicionándose en contra de la violencia y de todo discurso coercitivo que vincula la violencia y el atractivo, son artistas sociales. 

Dialogar sobre esta dimensión de ser artista asociada a los mejores sentimientos y relaciones ayudará a que, de forma consensuada, ampliemos y perfilemos los criterios, pero, sobre todo, ayudará a darle la consideración y a generar el deseo de emulación que merecen.

Por Enrique Giménez

Profesor de Historia en el IES Hort de Feliu de Alginet (Valencia)