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Asistimos a una gran ofensiva de quienes se ven amenazados por la inequívoca acción del Papa Francisco en contra de los abusos y la corrupción. Llama especialmente la atención la unión de corruptos y abusadores de todo tipo contra el Papa. Con una sencilla mirada a los medios, vemos el tipo de reacciones que en los últimos 5 años han intentado socavar su importante empeño. En esa ofensiva coinciden tanto miembros de la propia iglesia católica como acérrimos enemigos de la misma que son acosadores o callan ante los acosos de sus propias instituciones. Medios de comunicación, universidades, clubes deportivos, partidos políticos, ONG que no han pedido públicamente perdón ni se han comprometido a reparar el daño causado a las víctimas intentan tapar su culpabilidad lanzándose contra quien sí lo está haciendo.

Apostar por las víctimas siempre tiene ese tipo de consecuencias. Incluso la de intentar acusar a quien más hace por superar los problemas de abusos y corrupción de ser también participante por omisión, o acción, de lo mismo que pretende combatir. 

Pero ante esas ofensivas del lobby de abusadores y corruptos, la persistencia bien fundamentada y continua del Papa nos aporta un aprendizaje más, clave para combatir con éxito este tipo de lacras. Poner por delante no la propia comodidad, sino la honesta y decidida opción de poner todas las herramientas de las que se dispone para superar ese mal. Evaluar continuamente los resultados, las conquistas en favor de las víctimas, sin miedo a mirar bien de frente a los problemas que van apareciendo para seguir aportando nuevas y pensadas acciones que sigan impulsando el cambio. 

Es nadar a contracorriente -luchar contra los abusos y la corrupción más anquilosada, lo es-. Dejar un día de nadar hace perder muchos metros. Imaginémonos dejar de nadar durante años, ¡siglos! Pero, atendiendo a las dificultades que se presentan como oportunidades para encontrar nuevas soluciones, se puede nadar a contracorriente y orillar. La incansable acción del Papa en este sentido nos ofrece un gran aprendizaje sobre lo que una acción comprometida, que empiece a dar buenos resultados, comporta un esfuerzo continuado. Ánimo.

[Imágenes: Pixabay]

Por Miguel Ángel Pulido

Área de Humanidades y Pastoral. Blanquerna - Universitat Ramon Llull