Cada año, el 21 de septiembre, el Día Internacional de la Paz nos invita a reflexionar sobre uno de los desafíos más difíciles de la humanidad: ¿cómo pueden las sociedades pasar del conflicto y la división a una convivencia pacífica?
La paz suele asociarse con los alto el fuego, los acuerdos de paz y las negociaciones entre gobiernos o grupos armados. Estos son elementos esenciales de la construcción de la paz. Pero la paz también se construye mucho más cerca de la vida cotidiana: en las relaciones entre personas que pertenecen a grupos que han aprendido a desconfiar, temerse o discriminarse mutuamente.
Las investigaciones recientes en ciencias sociales ofrecen una perspectiva alentadora: las relaciones entre grupos no son necesariamente inmutables. Pueden cambiar cuando se brinda a las personas la oportunidad de conocerse, cooperar e interactuar en las condiciones adecuadas.
Un ejemplo reciente procede del norte de Mozambique, una región gravemente afectada por una insurgencia islamista y por el desplazamiento de cientos de miles de personas. La llegada de poblaciones desplazadas generó nuevas tensiones con las comunidades de acogida, que a su vez vivían con recursos limitados y en condiciones de inseguridad. Los investigadores pusieron a prueba una intervención relativamente sencilla: diálogos comunitarios estructurados que reunían a personas desplazadas y miembros de las comunidades de acogida. Los resultados fueron positivos. La intervención aumentó la confianza y la tolerancia entre los grupos, redujo las actitudes discriminatorias hacia las personas desplazadas y fortaleció su sentimiento de integración social. Algunos de estos efectos seguían siendo visibles varios meses después de la intervención. Los resultados sugieren que crear espacios en los que las personas puedan encontrarse e interactuar puede hacer algo más que facilitar la comunicación: puede cambiar la forma en que los miembros de diferentes grupos se perciben y se relacionan entre sí (Pita Barros, H., 2025).
Del mismo modo, un estudio experimental realizado en la India ofrece otro caso que sigue este mismo enfoque. Mujeres hindúes y musulmanas participaron en una formación profesional que requería que aprendieran y trabajaran juntas. El programa no estaba diseñado principalmente como una intervención de construcción de paz. Sin embargo, la cooperación sostenida en una actividad compartida redujo los prejuicios y mejoró las actitudes hacia los miembros del otro grupo religioso. Este hallazgo apunta a una posibilidad importante: en ocasiones, las personas cambian su percepción de los demás no porque se les anime explícitamente a superar sus diferencias, sino porque experimentan, a través de la cooperación cotidiana, que pueden trabajar juntas para alcanzar un objetivo común. En otras palabras, la construcción de la paz puede comenzar, en ocasiones, haciendo cosas juntos en lugar de hablando sobre la paz (Surya Nath Maiti et al., 2022).
Por último, una investigación realizada en Nigeria se centró en comunidades afectadas por conflictos entre agricultores y pastores para evaluar una intervención diseñada para promover el contacto y la cooperación entre grupos. La intervención generó actitudes más positivas hacia el otro grupo, un mayor contacto voluntario entre los grupos y una mayor percepción de seguridad física. Resulta especialmente interesante que algunos de estos cambios se extendieran más allá de las personas que participaron directamente en la intervención, lo que sugiere que los cambios en las relaciones entre grupos pueden influir potencialmente en las normas de la comunidad en un sentido más amplio (Grady, C. et al., 2023).
En conjunto, estos estudios apuntan hacia una importante aportación sociológica. La paz no es únicamente la ausencia de violencia. También implica la existencia de relaciones sociales que hacen posible la convivencia pacífica: confianza, cooperación, reconocimiento, tolerancia y capacidad para ver a los miembros de otro grupo como personas con las que podemos compartir una comunidad.
Esta es quizás una de las contribuciones más esperanzadoras que las ciencias sociales pueden hacer al Día Internacional de la Paz: proporcionar a la ciudadanía evidencias científicas que la apoyen en la construcción de su futuro, a partir de casos existentes que han obtenido resultados satisfactorios en procesos de construcción de paz. A menudo pensamos que la paz es algo que solo implica a los líderes políticos que negocian después de que haya ocurrido la violencia. Pero la paz también puede entenderse como algo que las sociedades aprenden a practicar: aprender a encontrarse con personas diferentes a nosotros, aprender a cooperar con ellas y, finalmente, aprender a verlas no como un grupo contrario, sino como parte de un mundo social compartido.
Si las relaciones entre grupos pueden cambiar, entonces la paz no es solo algo que esperamos alcanzar al final de un conflicto. También es algo que podemos empezar a construir en la manera en que convivimos cada día.
Este artículo fue publicado el 22 de septiembre de 2026 en Daily27
Imagen: Magnific
Profesora de Sociología en la Universidad de Barcelona e investigadora de CREA, Community of Researchers on Excellence for All
