En educación, a menudo nos encontramos con una paradoja difícil de comprender: sabemos qué prácticas generan impacto social positivo, conocemos la evidencia científica que respalda ciertas actuaciones exitosas y, en muchos casos, incluso hemos participado personalmente en ellas y hemos comprobado sus efectos transformadores. Sin embargo, cuando llega el momento de trasladarlas al aula o promoverlas entre nuestro alumnado, a veces surge una tendencia sorprendente: buscamos alternativas, innovaciones llamativas o métodos distintos, aunque no estén respaldados por resultados sólidos.

¿Por qué sucede esto? Una posible explicación es que, como sociedad, asociamos el cambio constante con progreso. La novedad nos seduce. Pensamos que si algo es reciente tiene más valor que aquello que ya ha demostrado funcionar. Pero en educación esto puede convertirse en un error: sustituir lo que da resultados por algo que simplemente parece atractivo puede alejarnos de las mejoras reales.

Otra razón es más personal. Cuando vivimos una experiencia formativa que nos transforma, es frecuente creer que esa vivencia es difícil de replicar o que solo nos funcionó a nosotros. Dudamos de que pueda tener el mismo impacto en otros, especialmente en nuestros estudiantes, cuyas realidades y motivaciones pueden diferir de las nuestras. Pero la evidencia existe precisamente para recordarnos que ciertas actuaciones funcionan para muchas personas, en múltiples contextos y a lo largo del tiempo.

También influye el miedo. Aplicar prácticas basadas en evidencias conlleva compromiso, seguimiento y evaluación. Es más fácil probar algo nuevo sin garantía que responsabilizarse de implementar algo que sabemos que debe dar resultados.

Quizá ha llegado el momento de confiar más en lo que ya sabemos que transforma. Las actuaciones de éxito no necesitan ser reinventadas; necesitan ser aplicadas con coherencia, compartidas y sostenidas en el tiempo. Nuestro alumnado merece que pongamos en práctica aquello que realmente funciona (aunque no sea lo más novedoso), porque es lo más efectivo.

Imagen: Freepik
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Profesora e investigadora en Educación en la Universidad del País Vasco