Sabemos que ha habido épocas a lo largo de la historia en las que el conocimiento solo estaba en manos de unas pocas personas y el resto de la sociedad vivía en la “oscuridad”, si comparamos el conocimiento con la luz que aporta el hecho de poder acceder a él.
Yo estudié en la universidad, la cuna del saber, un lugar donde se gestan, contrastan y transmiten los conocimientos que transforman la sociedad e impulsan el progreso humano. Sin embargo, no leí ningún libro de ningún autor relevante a nivel internacional y mucho menos pude debatir su contenido. Fue cuando trabajaba en una escuela cuando conocí por primera vez autorías y teorías que nunca había oído y, menos, leído. Hicimos un curso de Comunidades de Aprendizaje, y fue la primera vez que me cuestioné por qué no conocía a Bruner ni había leído su libro La educación, puerta de la cultura. Tampoco había leído a Vygotski, Rogoff, Mead o Freire. En esa formación me hablaron de estos autores, del conocimiento que habían aportado, y esta “luz” que se coló entre las “sombras” despertó mi curiosidad por leer sus obras y acceder a sus teorías que, lejos de ser reproduccionistas, aportan hallazgos importantes para que las personas de educación logremos nuestro propósito: mejorar la vida de las personas.
A partir de ese momento, asistí a más formaciones donde se profundizaba sobre la prevención de violencia vinculada a las escuelas y hacía foto de todas las diapositivas para después buscar las autorías o las investigaciones que se presentaban. Así conocí la investigación del Centro de Desarrollo de la Infancia de Harvard, las publicaciones de Berkowitz o Sara MacMahon, de Hartup, investigaciones sobre salud y felicidad, Mayes & Cohen (2002), Banyard o Dunn.
En estas formaciones no solo se accedía a investigaciones que habían demostrado mejoras sociales, sino que se explicaba cómo podíamos poner en práctica estas teorías. En concreto, una de las sesiones consistía en una experiencia práctica de un centro educativo comunidad de aprendizaje. De toda la formación que he hecho a lo largo de mi carrera profesional, fue la única que me dio el conocimiento teórico y práctico necesario para lograr los resultados que hasta el momento no había conseguido.
Estas formaciones me hicieron reflexionar sobre la importancia de la formación del profesorado y el impacto que puede llegar a tener en el alumnado. De ahí que me uniera al Seminario de Valencia A Hombros de Gigantes del que soy miembro desde hace más de 14 años. En este seminario, personas muy diversas hemos seguido leyendo y debatiendo sobre las obras y autores que hemos decidido y, en estas tertulias pedagógicas, hemos podido dialogar sobre cómo recrear la teoría en nuestras aulas de infantil, primaria, secundaria y universidad. En estos espacios de formación, hemos encontrado inspiración, soluciones exitosas, esperanza… y hemos recuperado la ilusión y el brillo que muchos acabamos perdiendo cuando no tenemos acceso a la ciencia de impacto social.
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Doctora en Educación. Durante 23 años maestra de pedagogía terapéutica y educación primaria y 8 años directora del CEIP L'Escolaica. Profesora en la Universidad de Valencia.
