En el artículo anterior de esta misma serie hablamos de los factores individuales que influyen para creer y distribuir desinformación: edad, emociones, conocimientos y gustos y preferencias; pero también habrá que tener en cuenta los medios de comunicación que consumimos y con los que interactuamos. A pesar de que la desinformación se puede transmitir tanto por medios tradicionales como por redes sociales, el impacto y la velocidad pueden variar.

Cuando recibimos una información que forma parte de nuestro sesgo cognitivo, es decir, que coincide con lo que creemos o pensamos, a menudo no damos el paso adicional de comprobarla y la damos por veraz. Las redes sociales utilizan algoritmos y nos muestran constantemente información que coincide con nuestros intereses (de forma que continuamos interactuando y reforzando nuestras creencias), para continuar teniéndonos enganchados, independientemente de si todo aquello es cierto o no.

Los medios de comunicación tradicional están más acostumbrados a dar fuentes de información, o su público al menos se lo plantea. Esto puede dar excesiva confianza al público que acepta cualquier información que venga de este medio, puesto que se le presupone que viene de fuentes contrastadas.

Las redes sociales, en cambio, a menudo no tienen indicadores claros de la credibilidad de la fuente, cosa que hace que la creencia en la desinformación dependa más de las pistas sociales. El número de seguidores, de reenvíos, la relación con la persona que nos pasa la información o incluso el número de likes, son indicadores que a veces confunden al receptor.

Por lo tanto, en los dos tipos de medios mencionados la desinformación puede ser transmitida y propagada como haría una caja de resonancia. Además, el contenido sensacionalista, moral, emocional y despectivo sobre «el otro bando» se puede extender más rápidamente que el contenido neutro o positivo. Cuando esto ocurre, hay que desmentir la información errónea, sustituyéndola por la información correcta y haciendo difusión.

Para la ciudadanía, es importante pararse siempre y pensar críticamente sobre la fuente de información y su validez antes de compartirla. Todo el mundo puede contribuir a parar la propagación de la desinformación.

Los científicos y científicas, los responsables políticos y los profesionales tendrían que trabajar con plataformas en línea y redes sociales para reducir la propagación de desinformación peligrosa. Es una manera positiva de extender información válida y veraz, información que tumbaría muchos de los rumores falsos de las redes, información que aprovecharía los medios más utilizados en la actualidad para crear conocimiento a nivel social, que sería protector frente a la desinformación.

Antes de concluir esta serie de artículos sobre información y desinformación, queremos recordar los beneficios del co-viewing (covisualización), que consiste en ver con los más pequeños la información, leerla, analizarla y extraer conclusiones juntos, de forma que practicamos y preparamos la autogestión de la información cuando lo hagan solos y solas.

[Puedes leer aquí la serie completa Información y desinformación]
[Imagen de Firmbee en Pixabay]
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Maestra de infantil y primaria