Adolf Eichmann dijo: «me voy a la tumba con gran alegría, porque cinco millones de judíos en la conciencia me da una sensación de gran satisfacción». Son palabras pronunciadas justo antes de su muerte, cuando ya de nada le servía seguir mintiendo, como cuando lo hacía para tratar de evitar ser condenado a muerte. Cualquiera que quiera leer y entender esas palabras y toda la trayectoria nazi de este exterminador puede hacerlo, es muy fácil; deja muy claro que le producía satisfacción el exterminio de los seres humanos que no consideraba arios, que tenía un intenso deseo del mal.

La figura de Eichmann tiene su mejor alianza en lo que Hanna Arendt llamó banalidad del mal, vinculada personal y filosóficamente al principal intelectual nazi (Heidegger). Arendt usó esa expresión para afirmar, contra toda prueba empírica, que Eichmann no era antisemita y no deseaba exterminar seres humanos, que lo hacía solo por obediencia a sus superiores, como un simple burócrata. La expresión “banalidad del mal” es de Arendt, el concepto no, ya que es el que siempre utilizaron los exterminadores nazis y sus abogados para intentar evitar condenas. Su uso no le sirvió solo para falsear la trayectoria de Eichmann, sino para algo muchísimo más importante para ella: para justificar la “banalidad” de estar vinculada personal e intelectualmente durante toda su vida a un destacado nazi.

Ese deseo del mal, del nazismo, es solo la punta del iceberg de una amplísima y variada base de ese iceberg, constituida por todas las promociones que se hacen del deseo del mal en la política, en la intelectualidad y en la vida cotidiana. El capital depredador es intensamente eficaz promoviendo el deseo del mal. Un ejemplo es cómo logró hacer mucho negocio introduciendo el hábito de fumar en las mujeres cuando hasta entonces solo lo habían hecho los hombres, un mal que todavía provoca la muerte de una mujer cada minuto a causa del tabaco. No es difícil a ciertas horas oír en el metro conversaciones de chicos riéndose de las expresiones muy sucias que usan para denigrar a la chica con la que se ha liado uno de ellos poco antes en la discoteca. Hay un número creciente de jóvenes que dicen que sufren impotencia cuando la chica con la que se lían no tiene novio.

Ese deseo del mal no es nuevo, ya era intenso en la época del ascenso del nazismo, que coincide cronológicamente con el momento en que el hábito de fumar empezó a imponerse a las mujeres y cuando el profesor Heidegger inició su relación con la estudiante Arendt. Descendió ese deseo después de la victoria democrática sobre los nazis y comenzó a aumentar cuando aportaciones filosóficas como las de Heidegger, a través de intelectuales como Hanna Arendt, volvieron a influir en la sociedad.

Si no leemos bien, si no dialogamos con rigurosidad sobre los textos, estamos colaborando sin saberlo con el nuevo ascenso del nazismo. Por suerte, también hay muchas personas que quieren frenarlo, y un número creciente de ellas está haciendo una de las tareas imprescindibles para lograrlo: el trabajo intelectual del más alto nivel de excelencia.

Lídia Puigvert
Esther Roca
Mar Joanpere
Patricia Melgar
Ramón Flecha

[Imagen: Adolf Eichmann en el primer juicio con 15 cargos, incluyendo crímenes de guerra y contra la humanidad – Flickr]