La prensa y las redes sociales se hacen cada vez más eco de la maravilla de biblioteca situada en un barrio obrero que acaba de ser nombrada la mejor biblioteca nueva del mundo. Profesionales del ámbito resaltan la belleza arquitectónica del edificio, pero dicen que lo mejor es la gran afluencia de público de todas las edades y condiciones a la biblioteca que hoy se denomina “García Márquez”. Solo quienes cultivan la excelencia en su comunicación visibilizan en lugar de esconder la creación social que inició esa biblioteca y la ha llevado hasta donde se sitúa hoy.

En 1978, en medio de un barrio obrero de Barcelona donde aún se alzaban chabolas, Ramón Flecha trajo consigo elementos que marcarían el inicio de una extraordinaria revolución. Con un amplio y diverso bagaje de lecturas, promovió un sueño de barrio que incluía la biblioteca. Primero fundó el centro de educación de personas adultas La Verneda, un faro de aprendizaje y transformación que años más tarde sería reconocido por Harvard, Cambridge y otras instancias internacionales como el mejor del mundo.

El centro nació con dos pilares fundamentales: la comunidad científica internacional y las contribuciones educativas previas al régimen franquista. Esta combinación reflejaba una apertura hacia el conocimiento global y una reivindicación de la tradición cultural ateneística y la Institución Libre de Enseñanza. A pesar de las dudas iniciales sobre el éxito de tal organización en un barrio con desafíos evidentes, Flecha no solo creía en el potencial de las personas, sino que también entendía la importancia de un enfoque dialógico y colectivo.

La semilla del cambio se plantó con la creación de la primera tertulia literaria dialógica (TLD) en la escuela de personas adultas de La Verneda-Sant Martí durante el curso 1979/1980 y hoy ya son más de 15 000 las TLD extendidas por todo el mundo, entusiasmando a personas como Saramago o Galeano. A pesar de las expectativas iniciales, un pequeño grupo de participantes se sumergió en el Romancero gitano de García Lorca y, a medida que avanzaba el tiempo, exploraron obras de autores como Kafka, Safo y Cortázar. Estas tertulias no solo abrieron las puertas a las grandes obras literarias, sino que también demostraron que estar en los más bajos niveles económicos y académicos no era un obstáculo para el disfrute de la literatura universal.

El impacto no se limitó a las paredes del centro cultural. Las participantes de las tertulias se reunían también en cafeterías, compartiendo con entusiasmo las joyas literarias que habían descubierto. Este espacio dialógico se expandió más allá del centro, transformando no solo a las personas individualmente, sino también a sus comunidades. Y rápidamente iniciaron las gestiones para lograr una biblioteca en el barrio. A las propuestas de la administración para que crearan una biblioteca escolar en el centro respondieron que no, que querían una biblioteca popular para que toda la ciudadanía pudiera leer incluso los libros clásicos como los de Safo, James Joyce o Virginia Woolf.

La incredulidad inicial por el hecho de que en ese barrio se pudieran leer esos libros desapareció en cuanto comenzó a funcionar la biblioteca. Durante muchos años la participación y el nivel de lecturas realizadas ha extrañado y entusiasmado. Cuando se quedó pequeña, esa misma ciudadanía lectora reivindicó que se construyera un nuevo edifico para la biblioteca y señalaron el lugar y el tipo de diseño que querían, acorde con la belleza social y cultural de su hábito lector y sus valores humanos. La actual biblioteca es obra de toda esa ciudadanía, de todo ese pueblo y esa realidad no se podrá invisibilizar por mucho que se intente.

Por Mar Joanpere

Profesora de sociología en la Universitat Rovira i Virgili