Fui ingresada en el hospital con una trombosis venosa profunda bilateral (TVP) que afectaba a mi vena cava inferior (tras haber sido diagnosticada erróneamente y enviada a casa con lo que se pensaba que era ciática). La realidad era mucho más grave: mi vena cava estaba obstruida, lo que impedía que la sangre llegara a mis piernas y regresara al corazón. Como consecuencia, mis piernas quedaron completamente paralizadas hasta el diafragma, y el riesgo de una embolia pulmonar aumentaba a cada hora.
Mi ingreso fue inmediato y urgente. Desde el primer momento, un equipo de hematología y cirugía vascular trabajó sin descanso para encontrar una solución. Fueron profesionales extraordinarios que se entregaron plenamente a salvar mi vida. El primer desafío era sobrevivir. El segundo, recuperar la movilidad. Las primeras exploraciones médicas indicaban que, incluso si sobrevivía, no había garantía de que volviera a caminar. Y es aquí donde la dimensión social se volvió esencial.
Durante esos días, semanas y meses, estuve rodeada de una red increíble de apoyo y afecto. Familiares y amistades cercanas estuvieron a mi lado constantemente, ayudándome a mantener la fuerza y la esperanza. Recibí innumerables mensajes, visitas al hospital, detalles llenos de cariño, dulces de Pascua, avellanas de mi tierra, poemas, palabras hermosas y sueños de futuro. Todo ello me dio fuerzas para seguir imaginando una vida más allá de aquella cama de hospital y para luchar por ella con todo lo que tenía.
Esa energía colectiva se alineó perfectamente con un equipo médico que nunca se rindió. A pesar de la dureza de la situación, la esperanza nunca desapareció. Paso a paso, con un enorme esfuerzo y apoyo, un movimiento llevó a otro, hasta que finalmente mis piernas comenzaron a responder.
Al mismo tiempo, nos implicamos activamente con la ciencia. Leímos artículos de investigación, buscamos la evidencia más reciente, aprendimos, preguntamos y dialogamos de forma continua con el equipo médico. Se convirtió en un verdadero diálogo entre paciente, entorno cercano y profesionales sanitarios, guiado por dos fuerzas fundamentales: el amor y la ciencia.
Tres años después, seguimos reflexionando sobre los elementos que permitieron que la vida prevaleciera frente a uno de los diagnósticos más graves. Cada vez más, la medicina reconoce la importancia de escuchar a las y los pacientes e incorporar sus experiencias a la investigación y al tratamiento. Al mismo tiempo, el acceso al conocimiento científico se está ampliando, lo que permite a las personas participar de manera más activa en el cuidado de su propia salud.
Lo que aprendimos es sencillo pero poderoso: integrar la dimensión social en la atención sanitaria mejora los resultados.
En este Día Internacional de la Salud, quiero destacar la importancia del diálogo en la práctica médica y la necesidad de incluir la dimensión social en la investigación sobre la superación de enfermedades. Más allá de la medicina en sí, existen elementos humanos que marcan la diferencia: las relaciones, el ánimo y la esperanza que mantienen a una persona luchando por la vida.
Necesitamos la ciencia y la medicina. Pero también necesitamos relaciones sólidas y cuidadosas que saquen lo mejor de nosotros y ayuden a proteger nuestra salud.
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Este artículo fue publicado por primera vez en Daily 27 el 7 de abril de 2026
Profesora de sociología en la Universitat Rovira i Virgili
