En este tercer artículo sobre el UCLA Center for the Developing Adolescent nos detenemos en un recurso breve, de apenas una página, pero muy útil para claustros y familias: 5 hechos sobre la contribución durante la adolescencia. En la entrega anterior veíamos que, a partir de los 9 o 10 años, el cerebro entra en una etapa de aprendizaje intenso que se moldea a través de las relaciones. Ahora el centro da un paso más: las y los adolescentes no solo necesitan recibir apoyo; también necesitan sentir que aportan algo valioso a las personas que les rodean.

El punto de partida del recurso es claro: a lo largo de la adolescencia somos capaces de contribuir a los demás de formas cada vez más profundas y significativas. Pero no basta con contribuir. Igual de importante es tener la oportunidad de reflexionar sobre lo que aportamos y que esa aportación sea reconocida.

¿Qué nos dicen estos cinco hechos?

  1. El cerebro adolescente está preparado para ayudar. La red cerebral que se activa en las interacciones sociales madura rápidamente en esta etapa y nos permite comprender mejor los sentimientos, las perspectivas y las necesidades de otras personas. Además, las regiones vinculadas a la recompensa se vuelven más reactivas, de manera que ayudar nos hace sentir bien.
  2. El entorno importa. En familias y comunidades donde contribuir es un valor compartido —el recurso menciona algunas comunidades étnicas y migrantes—, los jóvenes parecen sentir más satisfacción al ayudar. Y haber vivido la marginación por razón de origen, género, orientación sexual o religión también puede despertar el propósito de ayudar a otras personas.
  3. Contribuir, y reflexionar sobre ello, mejora la salud mental e incluso la física. Los programas de servicio comunitario o de mentoría refuerzan los valores prosociales y el bienestar. Y la reflexión posterior —con un diario, el arte, la escritura o el diálogo en grupo— podría ser clave para que esos beneficios lleguen también a los resultados académicos, personales y sociales.
  4. Algunas formas de contribuir. Hacer reír a un amigo o consolarle, ayudar en casa o con los hermanos, participar en las decisiones familiares, en el consejo de estudiantes, en un equipo o en una asociación del barrio.
  5. A las personas adultas nos corresponde garantizar que estas oportunidades lleguen a todo el alumnado. Tanto si se trata de una gran causa social como de echar una mano a una abuela en casa, como resume el recurso: dar a los demás favorece el desarrollo positivo de los adolescentes.

Contribuir en el aula: lo que ya hacemos

Cuando leemos el tercer punto, es casi automático pensar en las tertulias dialógicas. En ellas, cada aportación se escucha y se valora por la calidad de sus argumentos, no por quién la hace. Es exactamente ese espacio de reflexión compartida, con el reconocimiento de las y los iguales, el que la ciencia señala como necesario.

También en los grupos interactivos el alumnado contribuye constantemente: quien termina antes no se queda esperando, sino que ayuda a sus compañeros y compañeras a avanzar. Ayudar a aprender es, probablemente, una de las contribuciones más valiosas que puede hacer un adolescente en la escuela.

Y qué decir del Club de Valientes Violencia Cero, dentro del modelo dialógico de prevención y resolución de conflictos: posicionarse al lado de quien sufre violencia y que la comunidad lo reconozca públicamente es contribuir, con mayúsculas.

Seis claves para que la contribución tenga sentido

Si queremos profundizar, el centro ofrece un recurso complementario, Seis claves para apoyar la necesidad fundamental de los adolescentes de contribuir a los demás. En él se recoge que contribuir se ha asociado a menos síntomas depresivos, a relaciones más sólidas entre iguales e incluso a un mejor rendimiento académico. Y se proponen seis criterios para diseñar oportunidades de contribución:

  1. Coherencia con sus valores: funciona mejor cuando conecta con sus intereses y capacidades.
  2. Agencia: que el propio alumnado participe en decidir qué hacer, cómo y cómo valorarlo.
  3. Impacto real: aunque sea sobre una sola persona. Porque, como advierte el texto, los jóvenes se darán cuenta si simplemente están haciendo trabajo de relleno.
  4. Reflexión: individual o, mejor aún, con sus iguales.
  5. Reto: propuestas exigentes pero alcanzables, que les hagan sentirse capaces.
  6. Conexión: las amistades importan. La investigación muestra que, cuando un adolescente ayuda a otros en su vida diaria, se guía por los valores prosociales de sus amigos y no por los de las personas adultas.

Esta última clave nos parece especialmente reveladora: si el grupo de iguales es quien marca el rumbo, nuestra tarea es crear espacios donde ayudar, defender y cuidar sea lo atractivo.

En definitiva

Durante demasiado tiempo hemos mirado a la adolescencia como una etapa de riesgos que hay que contener, y a los adolescentes como receptores de ayuda. La ciencia del desarrollo nos invita a cambiar la mirada: son personas con capacidad y deseo de aportar, y negarles esa oportunidad es negarles una parte de su desarrollo. Garantizar que todo el alumnado, especialmente el que vive en contextos de mayor desigualdad, pueda contribuir y ver reconocida su aportación no es una cuestión de buena voluntad, sino de rigor. Al fin y al cabo, las evidencias ya existen, ¿a qué estamos esperando?

 

Imagen: Pexels
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Doctor por la Universitat Rovira i Virgili con una tesis sobre upstanders desde las masculinidades y la educación para erradicar la violencia de género. Graduado en Magisterio de Educación Primaria.