En contextos educativos con grandes dificultades, a menudo, aparecen discursos que muestran, en parte, los obstáculos y los impedimentos que no permiten avanzar hacia una mejora de la situación existente. En los entornos educativos deberíamos hacer brotar y vibrar la esperanza de cambio, la ilusión para conseguir la mejora de las personas, como un argumento permanente y tenaz.
Para las personas que conviven en contextos en los que existen muchas barreras sociales, educativas, de racismo y de bajas expectativas, la lucha por la mejora se sostiene en dos elementos clave: la esperanza y las actuaciones educativas de éxito contrastadas. En este sentido, el profesorado tiene una responsabilidad inmensa en la creación, promoción y multiplicación de estos elementos.
La formación del profesorado en las evidencias científicas de impacto social permiten poner
en marcha de forma rigurosa las actuaciones que aumentan y aceleran las interacciones de
calidad que contribuyen a mejorar el aprendizaje en cualquier contexto; además, el fortalecimiento de la esperanza y la ilusión en la posibilidad de mejora de las personas se convierte, también, en el acicate, en el estímulo personal y convivencial que el profesorado aporta a su alumnado.
No podemos permitirnos dejar de creer en las personas, en sus posibilidades. Podemos empezar por reconocer las barreras estructurales como el racismo, el ostracismo al que se ven sometidas las personas, las bajas expectativas y la falta de oportunidades de acción educativa, lo que conduce a malos resultados, aumento de conflictividad y la pérdida de sentido en la educación y el aprendizaje. Este último concepto, la pérdida de sentido, tiene unas consecuencias tremendas en las vidas de las personas y son fruto del resto de factores mencionados.
Sentir el fracaso en lo educativo y académico les aleja del gusto por aprender; además, se manifiesta en baja autoestima y autoconfianza para aprender, y reduce las posibilidades de esfuerzo, porque el sacrificio y el trabajo se vinculan con fracaso e ineficacia. Además, se ve toda esa repercusión en el tipo de amistades y relaciones que se gestan, que aumentan la conflictividad y la violencia.
El resultado, sino ejerce una fuerza especial la unión de la esperanza y las actuaciones que entrenan esa forma de relacionarse con las personas y el aprendizaje, acaba siendo el producto del efecto Pigmalión y/o de acciones bienintencionadas pero sin fundamentos.
Si acabamos pensando que las personas no pueden, porque no pueden y no quieren, la brecha que se ha abierto en algún momento en sus vidas no hace que crecer y crecer, aumentando el dolor y la pérdida de sentido. Las consecuencias personales, académicas, laborales y sociales son conocidas de sobras.
¿Y si nos atrevemos a mantener viva la esperanza, aunque cueste, ayudándonos entre todas y todos? ¿Y si ponemos en marcha con rigurosidad, cariño y persistencia las actuaciones que han demostrado los mejores resultados? ¿Y si hacemos las dos cosas a la vez?
Imagen: Unsplash
Maestro de Educación Especial y profesor sustituto de la UV. Sus líneas de investigación incluyen las actuaciones educativas de éxito, la inclusión educativa, las nuevas masculinidades alternativas y la socialización preventiva de la violencia de género.
