Esta semana empezamos un nuevo curso, las escuelas se llenan de vida: material nuevo, ilusiones, aprendizajes y proyectos. Desde hace ocho años estoy en una comunidad de aprendizaje (CdA) y, dentro de las diferentes actuaciones educativas de éxito (AEE) que llevamos a cabo, nuestro club de valientes violencia cero para nosotros es una de las que más identidad da al aula: decidimos cómo queremos que sean nuestras relaciones y ponemos medidas para conseguirlo.
Entre todos y todas acordamos las normas de convivencia que nos ayudarán a rechazar toda clase de violencia, a ser solidarios y solidarias y a convivir de manera segura. En tiempos difíciles como la DANA, nos ayudó mucho, puesto que aseguró un aspecto clave en esos momentos: las relaciones de calidad, que son las que nos ayudan a salir adelante con éxito ante las adversidades.
Con muchos diálogos, y hasta llegar a un consenso, pensamos en las consecuencias cuando nos saltamos alguna norma y, sobre todo, pensamos cómo conseguiremos transformar las cosas que no nos gustan en oportunidades de mejora. Todos y todas queremos rechazar la violencia y hacer triunfar la amistad. Por eso, siempre hablamos de actitudes y hechos que no nos gustan, no de personas. Queremos que todo el mundo forme parte del club de valientes, las personas nunca son rechazadas sino que, con la magia de la amistad, mejoramos nuestras relaciones y cada persona mejora también individualmente.
Si miro atrás en los recuerdos de este año en mi escuela, puedo asegurar que, de los momentos más emotivos que hemos vivido, y que más sentido dan a la vida en la escuela, son los que hacen referencia a la convivencia. Como cuando un alumno de segundo de primaria dijo a final de curso:
«Me siento muy bien, tengo muchos amigos y amigas. Gracias al club de los valientes me he transformado, cuido más a los compañeros y compañeras y ahora somos amigos de verdad.»
A lo que otra alumna matizó:
«Siempre hemos querido ser amigos tuyos, aunque a veces no nos gustaron cosas que hacías, pero tú si nos gustas, solo tenías que cambiar algunas cosas que nos hacían daño.»
Y otro añadió:
«Todos y todas somos importantes para la clase, nadie puede quedar atrás, aunque si no me gusta lo que hace alguien se lo tengo que decir.»
También hemos superado un confinamiento por la COVID. Fue un momento difícil en que muchas personas tal vez se sintieron aisladas. En nuestra escuela, una semana después de quedarnos en casa ya empezamos las conexiones en línea, las familias pudieron ser testigos de nuestras asambleas y de las clases instrumentales, y recuerdo que en muchos casos acabaron siendo parte activa y participante. Especialmente, recuerdo el caso de una madre que los felicitó diciendo:
«Mi hijo tiene mucha suerte de tener tan buenos amigos y amigas, se nota que estáis acostumbrados a hablar mucho y deciros las cosas con respeto, os ayudáis y animáis unos a los otros, e incluso enseguida os dais cuenta cuando falta algún compañero y compañera, os preocupáis e interesáis por como está.»
También la voz de diferentes alumnos dio testimonio de cómo los ayudaba ser una piña, como un alumno de primero que dijo:
«Ser del club de los valientes hace que en ningún momento me haya sentido solo, sé que estamos juntos y juntas, y que volveremos al cole.»
Así pues, estos ocho cursos he podido disfrutar de la convivencia dialógica, pacífica y segura, que genera la puesta en práctica del club de valientes violencia cero. Siempre respetando la personalidad de cada persona y su identidad, pero dejando fuera toda actitud violenta que pueda darse. Por eso, un curso más, recordamos que solos quizás vamos más deprisa, pero juntos llegaremos mucho más lejos. No queremos que nadie quede fuera. En el primer día de clase, cuando en sexto hemos dicho cuáles son los ingredientes para tener un buen curso, entre todas las ideas nos hemos quedado con el esfuerzo, la ilusión, el respeto y la amistad. Y alguna voz ya ha reclamado que «tendremos que arrancar el club de valientes, no?» Y así lo haremos, claro.
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Maestra de infantil y primaria
