En el Día Internacional contra la LGTBIfobia, es fundamental recordar que la lucha por la igualdad y el respeto no se trata solo de visibilizar la diversidad, sino también de garantizar espacios seguros y libres de violencia o presión.

A veces, en nombre de la «normalización» de las orientaciones sexuales, se generan situaciones que, lejos de empoderar, vulneran. Un ejemplo de esto es cuando, en contextos académicos, un profesor pregunta públicamente a un estudiante cuál es su orientación sexual delante de toda la clase. Aunque la intención pueda parecer inclusiva, este tipo de actos son profundamente invasivos y constituyen una forma de acoso, ya que se ejercen desde un mal uso del poder, exponen la intimidad sin consentimiento y pueden crear situaciones de incomodidad, presión o incluso miedo. No hay justificación pedagógica válida para forzar a alguien a revelar su orientación sexual en un espacio que no ha sido pensado para ello, y mucho menos sin su consentimiento explícito. Además, se pasa por alto el impacto emocional negativo que puede tener esta exposición, especialmente en contextos donde aún persisten prejuicios, estigmas o miedo al rechazo.

La diversidad no se impone ni se exige; se respeta. Visibilizar no significa forzar a nadie a “salir del armario” ni convertir su orientación sexual en un tema de exposición pública.

En este 17 de mayo, recordamos que luchar contra la LGTBIfobia implica también cuestionar prácticas que, aun disfrazadas de buenas intenciones, reproducen dinámicas opresivas. Crear espacios seguros es permitir que cada persona decida cómo, cuándo y con quién compartir su identidad.

[Foto de Kaboompics.com en Pexels]
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Investigador predoctoral FI en el Departamento de Sociología de la Universidad de Barcelona