La inmensa mayoría de las personas del movimiento antifranquista éramos nítidamente democráticas, plurales y partidarias de todas las libertades, abiertas a todas las formas de vivir y pensar y solo contrarias a los dictadores que querían imponer (como decíamos entonces) la “razón” de la fuerza a la fuerza de la razón. Escribo este artículo exclusivamente movido por el ánimo de dejar por escrito la verdad que viví directamente y para que la memoria de aquellas personas extraordinarias no quede destruida o manchada para siempre con versiones como la que ayer salió en un programa de televisión.

Hay una versión en la que coinciden los diferentes partidarios de las dictaduras. A quienes defendían el franquismo (aunque ahora lo oculten) les conviene decir que la oposición era partidaria de Stalin o Mao porque así presentan su dictadura como un mal menor frente a esas alternativas. A quienes eran partidarios de Stalin o Mao les conviene exactamente la misma versión para así presentarse como quienes protagonizaron el movimiento antifranquista. Ambos fueron de la mano en la transición para manipular y prohibir la verdad sobre ese pasado y desgraciadamente, a pesar del tiempo, siguen yendo de la mano ahora. Una de las estrategias que todavía hoy se usa es excluir de la historia a quienes aportaban más personas y fuerza al movimiento, las personas llamadas cristianas de base y sus organizaciones (solo una pequeña parte no éramos de ninguna religión). En todo caso, quieren invisibilizar a todas las que éramos personas democráticas.

La inmensa mayoría de quienes participábamos en el movimiento antifranquista rechazábamos radicalmente toda dictadura, defendíamos con claridad la democracia, los derechos humanos, las libertades individuales, las diferentes opciones sexuales, el pluralismo ideológico y de creencias. Aquí aporto mi testimonio como antifranquista desde 1966 (cuando tenía 14 años) hasta el fin de la dictadura. No siempre se daba la misma situación, pero la que explico aquí era la que se dio en todos los movimientos en que participé y lideré.

Costaba muchísimo trabajo, riesgos y represalias construir un movimiento como el que logramos por ejemplo en la universidad contra la pena de muerte entre personas de muy diferentes ideologías y creencias. Cuando ya había asambleas muy mayoritarias y democráticas, aparecían quienes hasta entonces estaban en el bar, no respetaban los turnos de palabra, atacaban a quienes no pensaban como ellos y defendían explícitamente en sus intervenciones a dictadores que aplicaban la pena de muerte, como Mao o Castro. Así lograban que en las asambleas solo quedaran cuatro y se atribuían el movimiento. Lo mismo ocurría en fábricas y barrios. Ellos se consideraban la vanguardia y, por tanto, tenían la línea correcta, a las personas las llamaban masas y, por lo tanto, siempre estaban alienadas y había que imponerse a ellas.

Decir que quienes nos oponíamos al franquismo éramos partidarios de otras dictaduras es una mentira que solo favorece a los enemigos de la democracia y conviene ir con cuidado porque ahora están creciendo mucho dentro de las democracias.

[Imagen: Wikimedia Commons]

Por Ramón Flecha

Catedrático Emérito de la Universidad de Barcelona. Investigador número 1 del ranking científico internacional Google Scholar en las categorías de "gender violence" y "social impact" (violencia de género e impacto social, respectivamente).