Un salvavidas en la infancia que sufre experiencias adversas

Cuando llega el verano, para muchos niños y niñas comienzan semanas de descanso, juegos y nuevas experiencias. Sin embargo, para una parte de la infancia, el final del curso escolar también implica perder temporalmente algunos de los espacios que más les protegen: la relación diaria con sus compañeros y compañeras, el acompañamiento de docentes de referencia y las oportunidades de participar en actividades educativas fuera del aula.

Para los niños y niñas que viven situaciones de pobreza, aislamiento social, dificultades familiares o experiencias adversas, las vacaciones pueden convertirse en un periodo donde aumentan las desigualdades. No porque el verano sea el problema, sino porque durante estos meses desaparecen algunos de los contextos donde construyen vínculos, desarrollan resiliencia y encuentran adultos que les acompañan.

Las experiencias adversas de la infancia (ACE) incluyen una gama de diferentes tipos de experiencias traumáticas a las que un niño o una niña puede estar expuesto. Entre ellos se encuentran los eventos estresantes prolongados o sucesos agudos: abuso psicológico, físico, sexual, de sustancias, enfermedad mental en el hogar, madre víctima de violencia de género y comportamiento criminal en el hogar. 

En este escenario, el deporte puede adquirir un significado mucho más profundo que la práctica de una actividad física. La investigación ha mostrado que participar en actividades deportivas, especialmente cuando se desarrollan en entornos seguros y acompañados por adultos significativos, puede favorecer la resiliencia infantil: la capacidad de afrontar dificultades, adaptarse a situaciones adversas y seguir desarrollándose positivamente.

Uno de los elementos más relevantes que señalan diferentes estudios es el papel de las relaciones sociales. Para la infancia que ha vivido situaciones adversas, disponer de espacios donde establecer relaciones positivas supone convertirse en un factor de protección fundamental.  Esta dimensión relacional es especialmente importante en los deportes colectivos, donde la resiliencia se construye a través de la cooperación, el apoyo mutuo y la sensación de pertenencia.

En un equipo se aprende que los retos no siempre se afrontan en soledad y que la ayuda de otras personas puede ser una fuente de fortaleza y aumento de la confianza en uno mismo para poder alcanzar lo que nos proponemos. Para algunos niños y niñas, el entrenador o entrenadora representa una figura adulta significativa; para otros, los compañeros y compañeras ofrecen nuevas oportunidades de amistad y apoyo.

Otro de los mecanismos que explica el valor educativo del deporte es el desarrollo de la autoeficacia: la confianza en las propias capacidades. La infancia que crece en contextos de vulnerabilidad puede acumular experiencias donde recibe mensajes explícitos o implícitos sobre lo que no puede hacer. Las dificultades económicas, sociales o familiares pueden afectar a la percepción que tiene sobre sí misma.

El deporte ofrece un contexto diferente porque permite experimentar el progreso de manera visible: aprender una habilidad, mejorar un movimiento, superar una dificultad, contribuir al equipo o conseguir un objetivo después de intentarlo varias veces. Además, hay una serie de beneficios sociales, entre ellos, el incremento de las conductas prosociales, la reducción de la delincuencia y de los comportamientos antisociales, así como una mayor conexión social.

Reconocer el valor del deporte no puede llevarnos a trasladar toda la responsabilidad a las familias. Decir “los niños deberían hacer deporte” no es suficiente cuando existen barreras que dificultan la participación. Por ello, si entendemos el deporte como un contexto educativo y protector, su acceso debe formar parte de las políticas de infancia y de inclusión social. 

Las escuelas y las comunidades, en este sentido, desempeñan un papel fundamental identificando al alumnado que se beneficiaría de estas experiencias, estableciendo colaboraciones con entidades deportivas y facilitando que ningún niño o niña quede excluido por motivos económicos. Los servicios sociales, por su parte, podrían considerar la participación deportiva como una oportunidad de desarrollo y no únicamente como una actividad de ocio.

Imagen creada por Chat GPT 
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Doctora en Educación. Durante 23 años maestra de pedagogía terapéutica y educación primaria y 8 años directora del CEIP L'Escolaica. Profesora en la Universidad de Valencia.