Un profesorado y familias excelentes esforzándose por mejorar la educación del alumnado sin saber identificar las falsificaciones es como un equipo de remeros excelentes con un timonel que los lleva contra las rocas. Sin embargo, basta tener claros tres criterios para identificar esas falsificaciones (frecuentemente disfrazadas de ciencia) que empeoran los resultados y sustituirlas por las evidencias realmente científicas que los mejoran.

Un primer criterio es comprobar si quien imparte una formación o quiere hacer una investigación en nuestra escuela dice la verdad respecto de su trayectoria y las fuentes que utiliza. Este criterio es fácil de comprobar, pero desgraciadamente para su alumnado muchas escuelas no lo hacen. Por ejemplo, Rocío García ha escrito y dicho que fue la coordinadora de INCLUD-ED. En realidad, las tres personas del Coordination Team eran Marta Soler, Lídia Puigvert y Ramón Flecha. Cuando no se dice la verdad sobre algo así, es inevitable que tampoco se haga respecto de las evidencias científicas que sí mejoran la educación.

Un segundo criterio es comprobar si se falsifican las fuentes de las evidencias científicas que se mencionan. La misma profesora se atribuye la creación de grupos interactivos en 2013, cuando estaban funcionando ya desde muchos años antes de que ella los conociera, como cualquiera puede comprobar muy fácilmente. En una charla reciente que está publicada en internet, dice que antes ya se conocía que la intervención de las familias en el aprendizaje mejoraba los resultados, pero que se hacía en horarios extraescolares en Estados Unidos. Y luego dice que fue ella la que descubrió que todavía era mejor que intervinieran dentro del aula. Son muchísimas las familias y el voluntariado que ya lo habían hecho desde muchos años antes, y habían enseñado a esa profesora a hacerlo.

El tercer criterio es más difícil de identificar. Voy a exponer una forma de hacerlo y me ofrezco a aclararlo más a toda persona que me lo pida. Se trata de identificar un truco que consiste en atribuir las mejoras de resultados de una determinada actuación, como por ejemplo los grupos interactivos o las tertulias dialógicas, a otras causas, como pueden ser los tipos de diálogo, las reglas de conversación, el discurso del aula o las interacciones significativas. Todas estas causas se sacan de escalas validadas o afirmaciones pretendidamente teóricas que no tienen nada que ver con las mencionadas actuaciones de éxito. Las escuelas que no saben identificar ese truco desvían las energías que antes ponían en hacer, por ejemplo, grupos interactivos en promover ese tipo de interacciones significativas, empeorando así los resultados que antes se habían conseguido mejorar.

Imagen: Freepik
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Doctora por la Universidad de Wisconsin-Madison