En la actualidad existe un amplio consenso social en torno a la idea de que el modelo de escuela autoritaria propio de la sociedad industrial resulta inaceptable. Un modelo en el que, en demasiadas ocasiones, se vulneraban los derechos de niños y niñas y se imponían decisiones sin diálogo ni participación. Del mismo modo que hoy nadie aceptaría que un médico tomara decisiones sin explicar, escuchar o dialogar, tampoco aceptamos escuelas en las que las familias y el alumnado no tengan voz. Los argumentos de poder han ido siendo sustituidos, progresivamente, por el poder de los argumentos.
En este contexto han surgido diversos movimientos pedagógicos que apuestan por escuelas más democráticas, en las que se tenga en cuenta la voz del alumnado y de las familias. Este avance es, sin duda, un logro fundamental que debemos defender. Sin embargo, la experiencia nos muestra que el diálogo, por sí solo, no es suficiente. Si una familia percibe que en la escuela de su hijo o hija se dialoga mucho y se invierte tiempo en debates poco relevantes, pero su hijo o hija no aprende lo necesario o sufre problemas de convivencia, lo más probable es que termine cambiándolo de centro.
Por ello, si queremos superar realmente el modelo autoritario, necesitamos una alternativa real, no solo una alternativa bienintencionada. Una escuela democrática que promueva el espíritu crítico y la participación, pero que no renuncie en ningún caso a la dimensión instrumental del aprendizaje. Cuando las familias observan que hay diálogo, pero no resultados académicos ni mejora en la convivencia, muchas prefieren un modelo autoritario en el que se habla menos pero se aprende más. La clave, por tanto, no está en elegir entre democracia o aprendizaje, sino en lograr ambas cosas a la vez.
Lo verdaderamente transformador es construir escuelas en las que la participación de toda la comunidad educativa contribuya directamente a mejorar los aprendizajes y la convivencia. Escuelas en las que todas las voces cuentan y en las que ese diálogo se orienta a la eficacia educativa y al éxito de todo el alumnado. Cuando esto ocurre, las familias no solo eligen este modelo, sino que lo defienden activamente.
Precisamente eso es lo que sucede en las comunidades de aprendizaje. En ellas se promueve una dinámica democrática en la que se escuchan todas las voces, pero siempre con el objetivo claro de maximizar el aprendizaje y mantener altas expectativas para todo el alumnado. Las familias participan en la vida del centro y en la toma de decisiones relevantes, no para debates estériles, sino para consensuar las mejores estrategias que ayuden a sus hijos e hijas a aprender más y mejor.
Del mismo modo, en las aulas se da protagonismo al alumnado y se fomenta el pensamiento crítico, sin perder nunca de vista la dimensión instrumental, uno de los principios fundamentales del aprendizaje dialógico. A través de las actuaciones educativas de éxito, se generan interacciones de calidad en las que el diálogo está orientado a aprender, a superar retos cognitivos y a garantizar que nadie quede atrás.
Si queremos que la alternativa al sistema autoritario sea verdaderamente sólida y sostenible, no podemos olvidar que las familias desean, legítimamente, que sus hijos e hijas aprendan, tengan éxito académico y en un futuro puedan acceder a estudios superiores que les permitan desarrollar una vida digna y de calidad. Las comunidades de aprendizaje demuestran que diálogo y aprendizaje no solo son compatibles, sino que se refuerzan mutuamente. Por eso son una alternativa real y por eso las familias las defienden.
Imagen generada con IA en ChatGPT
Profesor de educacion primaria durante 7 años y doctorando en la Universitat Rovira i Virgili
