"Autorretrato con dos alumnas, Marie Gabrielle Capet y Marie Marguerite Carreaux de Rosemond", obra de Adélaïde Labille-Guiard

Marie-Gabrielle Capet nació en 1761, en Lyon, en una época en la que las mujeres apenas podían soñar con ser artistas reconocidas, y logró abrirse paso con talento, perseverancia y una visión adelantada a su tiempo. Su nombre, aunque aún poco conocido fuera de los círculos especializados, merece figurar entre las grandes figuras del arte francés del siglo XVIII, no solo por la calidad de su obra, sino por la firmeza con la que desafió las normas de un sistema que negaba a las mujeres el derecho a crear.

Marie-Gabrielle Capet se trasladó a París con la ambición de formarse como pintora, algo prácticamente inalcanzable para las mujeres de su clase. Su destino cambió cuando conoció a Adélaïde Labille-Guiard, una de las pocas mujeres admitidas en la prestigiosa Académie Royale de Peinture et de Sculpture. No solo fue su maestra, sino también su mentora y modelo de resistencia frente a las limitaciones impuestas a las mujeres artistas: promovió el acceso de las mujeres al arte académico y defendió su derecho a vivir de su talento. Marie-Gabrielle Capet se integró a su círculo y compartió con otras artistas un espacio de aprendizaje y apoyo mutuo que, más que un taller, fue una auténtica red de sororidad. En un contexto en el que las academias masculinas prohibían el estudio del cuerpo humano, considerado “inmoral” para las mujeres, estas pintoras se abrieron camino en la práctica del retrato y la miniatura, elevándolas a géneros de gran refinamiento técnico y emocional. Las obras de Marie-Gabrielle Capet destacan por su delicadeza cromática, precisión psicológica y sensibilidad íntima. Una de las obras más emblemáticas del entorno artístico en el que se movía es el retrato de la imagen, que no solo es una muestra de virtuosismo pictórico, sino también una declaración política: muestra a las mujeres artistas como protagonistas, con pinceles en mano, en un gesto de reivindicación visual del lugar que les correspondía en el mundo del arte.

En una sociedad que reducía a las mujeres al papel de musas o modelos, Marie-Gabrielle Capet se atrevió a representarlas como sujetos de creación, intelectuales y trabajadoras. Su obra puede leerse hoy como una forma temprana de cuestionamiento visual de las jerarquías de género, en la que el arte sirve para poner en evidencia las desigualdades del sistema artístico de su tiempo.

Hoy día, Marie-Gabrielle Capet puede interpretarse como algo más que una pintora talentosa: como un símbolo de la resistencia cultural de las mujeres frente a las limitaciones estructurales del mundo artístico del siglo XVIII.

Imagen: Wikimedia Commons
Este artículo fue publicado por primera vez en Diario Feminista el 18 de octubre de 2025
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Asesora de Diversidad y Género. Profesora-tutora de la UNED. Profesora de Lengua y Literatura en secundaria