La universidad vive un cambio de época. En apenas dos años, la inteligencia artificial (IA) ha pasado de ser una curiosidad tecnológica a formar parte del día a día de la mayoría del alumnado. Según datos publicados por Nature, el 86 % de los universitarios y universitarias usaron herramientas de IA en sus estudios durante 2024. Algunos centros ya lo asumen como parte de su identidad: la Universidad de Tsinghua, en Pekín, da la bienvenida a sus nuevos estudiantes con un asistente de IA que responde dudas sobre la vida en el campus, y la Universidad Estatal de Ohio ha incorporado formación obligatoria en IA para todo su alumnado.
El cambio es profundo porque la IA afecta directamente a aquello que tradicionalmente se ha considerado “aprender”: analizar información, escribir, resolver problemas o pensar críticamente. Herramientas como ChatGPT o Claude pueden hacerlo en segundos, lo que obliga a replantear qué debe enseñar una universidad en la era digital.
Los primeros estudios apuntan a dos caminos posibles. En Harvard, un ensayo controlado mostró que un tutor de IA bien diseñado ayudó al alumnado de Física a aprender más rápido y con mejores resultados que con la enseñanza humana tradicional. Pero otros trabajos, como los de la investigadora Nataliya Kosmyna en el MIT, alertan de lo contrario: cuando la IA hace el trabajo por el estudiante, la actividad cerebral y la memoria posterior se reducen. En palabras simples, quien deja que la máquina piense por él aprende menos.
Entre esos dos extremos, las universidades buscan equilibrio. En Sídney, por ejemplo, el nuevo sistema combina exámenes presenciales —que garantizan la autoría— con tareas en las que se permite usar IA de forma responsable. En China, el enfoque es más estructural: Tsinghua ha creado una arquitectura propia que integra distintos modelos de IA y bases de conocimiento verificadas, con el objetivo de ofrecer apoyo sin errores ni dependencias de una sola empresa.
Las implicaciones van mucho más allá de la técnica. Docentes de todo el mundo señalan que la IA no debe ser vista como una amenaza, sino como un motivo para repensar la educación superior: menos tiempo memorizando datos o repitiendo fórmulas, y más para desarrollar juicio, análisis, creatividad y colaboración. Si la máquina puede producir texto impecable, el valor humano estará en comprender, interpretar y decidir.
Sin embargo, el artículo de Nature también advierte de riesgos: falta de regulación, dependencia de grandes tecnológicas y desigualdad de acceso. Algunas universidades han firmado acuerdos millonarios con empresas como OpenAI o Google sin exigir garantías éticas ni transparencia sobre los datos. Expertos y expertas reclaman que la educación sea una voz crítica, capaz de exigir modelos inclusivos, sostenibles y respetuosos con la privacidad.
Pese a la incertidumbre, hay motivos para el optimismo. La historia demuestra que cada revolución tecnológica —de la imprenta a Internet— ha generado inquietud, pero también nuevas formas de conocimiento. La IA puede liberar tiempo y energía para que el profesorado acompañe mejor el pensamiento del alumnado, y para que este aprenda a convivir con la tecnología sin perder la autonomía intelectual.
En última instancia, la pregunta no es si la universidad debe usar inteligencia artificial, sino cómo puede usarla para fortalecer la inteligencia humana.
Imagen: Freepik
Maestro de primaria. Participante en la Tertulia Pedagógica Dialógica de Elda "A hombros de gigantes"
