Hace unos días se publicó en la Harvard Graduate School of Education un artículo sobre una investigación liderada desde el Centro para la Investigación en Políticas Educativas. El estudio muestra cómo las interrupciones en el aprendizaje afectan más en los contextos más vulnerables. Estas pausas y retrasos pueden ser debidos a una pandemia o una guerra, y empeoran por la incapacidad de los centros de aumentar el ritmo de aprendizaje tras las disrupciones. Además de estos motivos de parón, implementar prácticas que generan fracaso y no apostar por actuaciones educativas de éxito cronifica esos retrasos.

Esta investigación pasa a producir evidencias científicas de impacto social cuando se traduce en programas educativos que superan esta problemática. Los autores son claros afirmando que quien ha perdido mucho aprendizaje necesita mucho tiempo de aprendizaje, y sugieren cómo los meses de verano ofrecen una gran oportunidad al respecto. No obstante, clarifican que hace falta mucho más que simplemente ofrecer más material de trabajo en casa

Para ello, sugieren ofrecer incentivos para asociar escuelas públicas con entidades de la comunidad, como organizaciones que ya están ofreciendo actividades de ocio (campamentos, programas deportivos, museos), para que estas añadan el componente académico conectado con lo que el alumnado ha estudiado durante el curso. Así, se añaden unos 90 minutos diarios de trabajo académico diario. En muchos contextos educativos ya se realizan programas de verano que incluyen 2 horas de deberes y estudio en entornos interactivos, tras lo cual le siguen otras actividades deportivas o culturales.

No hay por qué elegir entre trabajar y pasarlo bien en verano: un programa con estas características combina ambas cosas, y permite a muchísimo alumnado disfrutar esforzándose en un ambiente de concentración e interacción, el cual sienten que les es de gran ayuda, y a la vez combinar también otras actividades de deporte o cultura. 

Por supuesto, es esencial conseguir llegar a quien más lo necesita; pero de contextos así se beneficia todo tipo de alumnado. En verano hay tiempo para todo, y entre otras cosas también para mantenerse activo a nivel cognitivo y emocional: ayudar a tus compañeros de clase es difícil y a la vez un reto emocionante, sobre todo cuando en los centros educativos enseñamos el valor de la amistad. Fuera de las escuelas, las familias también pueden organizarse entre ellas y hacer esto posible.

Además de en verano, los autores del estudio se suman a las evidencias científicas de impacto social, al sugerir que hay que encontrar más maneras de extender de manera regular el tiempo de aprendizaje fuera del horario de clases durante todo el año. La extensión del tiempo de aprendizaje es una actuación educativa de éxito y, como tal, tiene un enorme impacto social en el éxito educativo de quienes más lo necesitan, que tienen el mismo derecho que todos y todas y también desean mejorar sus vidas y aprender. 

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Por Guillermo Legorburo

Doctor por la Universitat Rovira i Virgili con una tesis sobre upstanders desde las masculinidades y la educación para erradicar la violencia de género. Graduado en Magisterio de Educación Primaria.