Lo que más me ha emocionado siempre como profesor de primaria ha sido ver cómo, gracias al club de valientes violencia cero, cambian las relaciones de una clase. Al dejar de normalizar las conductas violentas, al enfrentarlas y promover amistades verdaderas, se crea un clima de solidaridad que muchos alumnos y alumnas trasladan después a otros espacios, como el parque o el patio.
Cuando veía a mi alumnado jugando o charlando con alegría y entusiasmo en el patio, al volver al aula aprovechaba para remarcarles cuánto me había gustado verles pasándolo tan bien con esas amistades verdaderas. Ellos y ellas me contaban que no solo disfrutaban así en la escuela, sino que esa forma de relacionarse también transformaba los planes que hacían por la tarde.
Precisamente por eso, en ocasiones, quienes más disfrutaban de esas relaciones igualitarias sufrían ataques de algún niño —de su clase o de otras— que, al verles felices, en un ambiente atractivo y con tan buen rollo, se acercaba a intentar estropearlo: les quitaba el abrigo, les insultaba… A ellos y ellas les daba tranquilidad ver que siempre había alguien valiente en el grupo que salía en su defensa, pero les daba mucha rabia que les atacaran cuando estaban simplemente charlando o jugando sin meterse con nadie.
Cada vez que me contaban una situación así al volver del patio, aprovechaba para dotar de atractivo la conducta valiente de quienes se habían enfrentado de forma pacífica al agresor. Y utilizaba una metáfora para tratar de ayudarles a entender lo que ocurría. Les decía que hay personas que, cuando pasan por una calle cuidada por los vecinos, con paredes de colores y balcones llenos de flores, lo primero que piensan es en destruir esa belleza: arrancan las flores y lo ensucian todo. Eso mismo hacen algunas personas con las relaciones bonitas y atractivas. Todos y todas escuchaban en silencio, conscientes de que eso era exactamente lo que pasaba: hay quienes no soportan que otros tengan relaciones bonitas e igualitarias y, en vez de tratar de mejorar las suyas, intentan destruir las de los demás. Les contaba que esto no ocurre solo entre niños y niñas; deben saber que también ocurre entre personas adultas.
De hecho, el mismo mecanismo que ellos y ellas veían en el patio se repite a gran escala en las escuelas que logran las transformaciones más bonitas y profundas. Paradójicamente, estas escuelas se convierten en objetivo de quienes no soportan ese avance. Cuanto más bonita y profunda es la transformación de una escuela, más la atacan. Porque quienes atacan no encuentran satisfacción en que los niños y niñas aprendan más y se traten bien.
Los niños y niñas de mi clase, al igual que profesorado y familiares valientes de estas escuelas, tenían muy claro qué hacer ante esos ataques: ante la maldad, valentía; y ante el ruido, defensa de la bondad y la belleza. Las personas que tienen esta actitud mejoran mucho su vida y su atractivo.
«Lo que es bello es bueno, y quien es bueno pronto llegará a ser bello» (palabras atribuidas a Safo de Lesbos)
Imagen generada con IA en ChatGPT
Profesor de educacion primaria durante 7 años y doctorando en la Universitat Rovira i Virgili
