Hace unos días, al terminar de leer juntos un fragmento del poema de La Odisea antes de dormir, mi hijo me pidió no parar de leer porque tenía muchas ganas de saber qué pasaba a continuación con Ulises en su complicada vuelta a casa con sus amados Penélope y Telémaco. Nos habíamos detenido al término del relato de Ulises al rey Alcínoo y la reina Arete, padres de Nausícaa, en el que contaba todo lo que le había sucedido desde su salida de Troya tras la guerra. Lejos de empezar a tener sueño, mi hijo estaba atento a cada detalle de la historia y, al igual que la primera vez que lo leímos, los días posteriores hemos continuado comentando y dialogando sobre diversos aspectos del relato.
El domingo pasado, mientras veía la película de La Odisea en el cine, nos sucedió, por accidente, algo muy similar. Mientras se desarrollaba una de las escenas más impactantes de la película en la que se mostraba parte de la cruel batalla de Troya, la proyección se detuvo, se encendieron las luces de emergencia de la sala y una persona nos informó que todo el centro comercial había sufrido un apagón eléctrico. Hubo un breve silencio, seguido por reclamos de varios espectadores que, incluyéndome, nos lamentábamos de no poder continuar disfrutando de esta cautivadora historia. La proyección se reanudó poco después, y al terminar la película se escucharon aplausos en la sala.
Tan solo dos semanas atrás, fui invitado a participar en la última sesión de tertulia literaria dialógica del curso escolar de un grupo de cuarto grado de una escuela primaria de mi ciudad. El claustro había decidido comenzar las tertulias literarias dialógicas en todos los grupos después de conocer, en una formación sobre actuaciones educativas de éxito, el caso de la escuela de personas adultas La Verneda Sant-Martí y los de otras comunidades de aprendizaje que también las implementan. El profesor más joven de la escuela fue el primero en ponerlas en marcha, y decidió hacerlo precisamente con La Odisea. Me contó que estaba emocionado con que sus estudiantes conocieran esta historia tan importante de la literatura mundial, y me explicó que al principio solo dos o tres estudiantes participaban leyendo su párrafo, pero que con el paso de las sesiones fueron aumentando cada vez más el número de participaciones, así como la complejidad y profundidad de sus reflexiones. Entre todos y todas decidieron leer dos capítulos por semana en lugar de uno porque deseaban saber el final antes de salir de vacaciones de verano. El día que yo asistí hubo comentarios muy diversos, incluidos tres que nunca olvidaré sobre el paralelismo que algunos estudiantes encontraron entre la tormentosa historia del héroe Ulises y su propia historia familiar. Así, cuando sus familiares vean esta película, ellos y ellas no solo podrán participar en los diálogos que esta provoque y comprender el contexto de los sucesos, sino que incluso podrán aportar algunos detalles de la historia que solo se relatan en las versiones escritas.
Las grandes obras de la literatura universal se consideran tales porque, sin importar hace cuánto fueron escritas o de qué nacionalidad era la persona que las escribió, continúan cautivándonos a personas de muy diversos contextos, países, edades y niveles socioeconómicos en la actualidad. Las tertulias literarias dialógicas permiten que toda persona de cualquier contexto socioeconómico pueda acceder, disfrutar y enamorarse precisamente de esas grandes obras de la literatura universal, tenga o no la costumbre previa de leer libros en su núcleo familiar.
Imagen: fotografía del autor
Instituto de Investigaciones en Educación, Universidad Veracruzana. Sub-red Universitaria Internacional de Comunidades de Aprendizaje IUS-SALEACOM
