Soy docente: ¿en qué debo formarme? Esta pregunta se la hacen anualmente muchos profesionales del sector educativo mientras se encuentran en activo durante toda su carrera. Cualquiera que sea conocedor del día a día de uno de estos trabajadores sabe que quienes ejercen se pasan la jornada, entre otros menesteres, dando clases, asistiendo a reuniones, resolviendo complicadas situaciones de sus tutorías y, muchas tardes —e incluso a veces fines de semana y parte del verano— formándose para mejorar su praxis. Es obligación, sí, pero también parte de nuestro compromiso ético con la sociedad.

La oferta acreditada de esta formación que se recibe es dispar en función del territorio en el que nos encontremos, pero grosso modo, y sin tener en cuenta la que ofertan entidades privadas, se clasifica en la que se ofrece desde el ámbito de la administración educativa central (los cursos en línea de las distintas convocatorias del INTEF, fundamentalmente) y la que está incluida en el abanico formativo de las comunidades autonómicas: desde la gestionada por los propios departamentos en el ámbito regional hasta las que cada centro incluye en su plan de formación anual, pasando por la que se postula desde los centros de formación del profesorado de cada zona. 

Ahora que vuelve a haber gran controversia en torno a los borradores de las órdenes que establecen los requisitos mínimos que deberán cumplir todos los planes de estudio de Magisterio (formación inicial, en el momento del acceso), es conveniente recordar también el gran déficit en este tipo de formación de los profesionales de la educación que, al final, sienten que es cuando aterrizan a las aulas de los centros cuando reciben los verdaderos aprendizajes que precisan tener, ya que serán el contexto y las singularidades que se van encontrando lo que les marcarán las necesidades de su periplo formativo. 

Hace unos días, el Foro de Sevilla, constituido por docentes del ámbito universitario de distintos puntos geográficos, lanzaba un Manifiesto en el que promulgaba de forma abierta el camino para mejorar las distintas políticas educativas y conectarlas con los problemas y necesidades del mundo contemporáneo. En él, defienden el sentido social del ejercicio de la formación continua, entendida como tarea colectiva: “el puente de unión son los proyectos comunes y la indagación colaborativa de forma conjunta en la institución educativa y en el contexto donde este trabaja, así como la colaboración entre universidades o instituciones de formación del profesorado en la formación permanente.”

Sobre la formación como tarea colectiva, precisamente uno de los componentes del Foro de Sevilla, Francisco Imbernón, indica en su libro Ser docente en una sociedad compleja (Graó, 2017) lo siguiente: “la formación individualista y aislada puede originar experiencias de innovación en el aula, no lo dudo, pero difícilmente crear una innovación de la institución educativa ya que, para ello, necesita de la práctica colectiva de los profesionales.” (p. 76).

Así es. Muchos nos damos cuenta de que, más allá de las actividades de autoformación que se nos plantean desde fuera (muchas de ellas telemáticas, con las deficiencias que ello conlleva), cuando más aprendemos de nuestra profesión es al compartir en contextos informales situaciones de nuestra cotidianeidad en las aulas, con nuestros compañeros y compañeras de centro. A veces hasta lo verbalizamos: “aprendo más en una conversación de pasillo o en una charla en la cafetería que en muchos de los cursos de formación a los que asisto.” 

Cuando buscamos una actividad formativa, siempre debemos tener en cuenta que la docencia eficaz al cien por cien, la fórmula mágica, es una quimera: lo que nos sale bien con un grupo en un centro, nos puede salir mal con otro en otro centro o incluso dentro del mismo contexto educativo. Depende, pues, de situaciones que no podemos controlar. Por ello, la formación que más funciona es la que parte de las prácticas de los compañeros y compañeras que nos rodean, de sus aciertos y sus errores, y siempre teniendo en cuenta que será una formación instantánea, fugaz para el momento en el que nos encontramos. Podrá no ser válida, por ello, por ejemplo el curso siguiente, y más si cambiamos de centro.

La era de la incertidumbre en la que nos encontramos debe convertirnos en personas humildes y sensatas a la hora de buscar la formación más adecuada. Nos debe hacer pensadores críticos de lo que hacemos, cómo lo hacemos y por qué lo hacemos, escuchando otras voces en puestas en común, debates, claustros, grupos de trabajos, foros telemáticos y redes sociales, y entendiendo que la receta perfecta no existe cuando hablamos de trabajar con colectivos sociales. Y un grupo de Primaria o de la ESO es un colectivo social: heterogéneo, diverso y cambiante, como la vida misma.

Por lo tanto, si me preguntaran en qué debe formarse un docente de la sociedad actual, respondería que centrara sus inclinaciones en los desafíos del mundo moderno: la inclusión, el ecologismo, la interculturalidad, la educación digital crítica y los derechos de la infancia son temas que siempre debemos tener presentes. 

Además, animaría en mi respuesta a embarcarnos más no tanto en el “qué” sino en el “cómo”: buscar seminarios y comunidades de práctica, redes colaborativas, observación entre pares y programas de formación entre iguales que contribuyan a entender la formación continua como la creación de espacios dentro de los centros y entre centros en donde colegas animen a otros colegas a desarrollarse y crear juntos prácticas de éxito.Todo ello, en definitiva, dentro de una nueva cultura participativa basada en la tolerancia profesional y en prácticas reflexivas sobre nuestras propias experiencias. Porque eso, al final, es lo que queda.

Por Albano de Alonso

Profesor de Lengua y Literatura y miembro del Colectivo DIME (Docentes por la Inclusión y la Mejora Educativa)