La generación Z —la primera que ha crecido con internet y teléfonos inteligentes desde la infancia, los nacidos aproximadamente desde 1997 según Pew Research Center— se está incorporando al mercado laboral con una jerarquía de valores que las encuestas permiten describir con cierta precisión.
La Deloitte Global Gen Z and Millennial Survey 2025, realizada a más de 23.000 jóvenes de 44 países, dibuja una generación que persigue una «tríada» de dinero, sentido y bienestar. Lejos del tópico de la desidia, 7 de cada 10 jóvenes de la Gen Z afirman desarrollar competencias para avanzar en su carrera una vez por semana o más. Alrededor de 9 de cada 10 —el 89% de la Gen Z y el 92% de los millennials— consideran que tener un propósito es importante para su satisfacción laboral y su bienestar. Eso sí, el propósito es subjetivo: para unos es tener un impacto social positivo; para otros, ganar dinero o aprender para impulsar cambios fuera del horario laboral. Y aparece entrelazado con la salud mental: entre quienes declaran bienestar mental, el 67% siente que su trabajo le permite contribuir de forma significativa a la sociedad.
En España, el I Barómetro Retos y Aprendizajes 2025 del Centro Reina Sofía de Fad Juventud confirma que el esfuerzo sigue ocupando un lugar central: el 67% considera que el éxito depende de no rendirse nunca y el 63,4% cree que el esfuerzo permite conseguir lo que uno se propone. Con un matiz importante: a la vez, seis de cada diez jóvenes creen que existen factores externos que dificultarán su progreso aunque se esfuercen. El esfuerzo se mantiene como valor, pero ha dejado de percibirse como una garantía. Conviene subrayar que esta es la tendencia mayoritaria y que apunta más al equilibrio que a la entrega total: en el propio estudio de Deloitte, solo el 6% de la Gen Z sitúa alcanzar un puesto de liderazgo como su principal meta profesional. Por eso llama la atención el fenómeno contrario.
Recientemente se ha difundido una noticia sobre una minoría muy visible que rema en dirección opuesta: jóvenes emprendedores del entorno de Silicon Valley para quienes las jornadas extremas no son un sacrificio, sino una elección. El caso que dio origen al titular es el de un fundador de 28 años que encadenó varias semanas de 92 horas —aunque él mismo aclaró que no impone esa «cultura del 996» a su plantilla—. Lo que define a este grupo es que han redefinido la diversión: lo que les llena es construir su proyecto, fijarse retos y objetivos. Es, sobre todo, algo libremente elegido. Y la sociedad lo aplaude, probablemente porque de ese esfuerzo salen proyectos de éxito y fortunas millonarias.
El contraste es revelador. No criticamos a quien dedica esas mismas horas —o más— a pintar, a competir en maratones y trails, o a levantar una empresa y enriquecerse. En cambio, una dedicación equivalente al voluntariado en escuelas, a limpiar bosques y playas o a mejorar la sociedad suele recibir más recelo que admiración (Flecha, 2022). El mismo esfuerzo se lee de forma distinta según su finalidad.
Querer mejorar el estatus, la posición profesional o el ahorro, e invertir horas y esfuerzo para recoger frutos más adelante, son valores que reconocemos en nuestros padres, madres y abuelos. Pero hemos atravesado también la época del «pelotazo», en la que ganar dinero de forma «espabilada» y sin dar un palo al agua no solo estaba bien visto, sino que a menudo quienes así actuaban procuraban desprestigiar a quienes sí dedicaban trabajo y esfuerzo a progresar, más aún si no era para enriquecerse.
Vale la pena fijarse, además, en quién protagoniza buena parte de ese emprendimiento. Según la National Foundation for American Policy, el 59% de las startups estadounidenses valoradas en más de 1.000 millones de dólares tienen al menos un fundador inmigrante, y la India encabeza la lista de países de origen. Es un recordatorio empírico de la contribución de la inmigración a las sociedades de destino: no solo al PIB, la productividad y la innovación, sino también al tejido emprendedor. Y un apunte de vocabulario: a estos profesionales solemos llamarlos «expats«, reservando el término «inmigrantes» para otros perfiles; mismo desplazamiento, distinta etiqueta según origen y clase. Conviene, eso sí, no confundir esa contribución con un rasgo cultural esencial: la sobrerrepresentación de fundadores inmigrantes tiene más que ver con quién migra y con qué incentivos —selección de talento, sistemas universitarios, regímenes de visados— que con una supuesta «cultura del esfuerzo» repartida por etnias.
Por encima de todo, cabe defender la libertad de cada cual para dedicar sus horas y su vida a lo que desee, sin un doble rasero según el fin. Eso sí, sin olvidar que vivimos en una sociedad con un reparto desigual de la riqueza, en la que muchas personas tendrán que invertir muchas más horas para lograr lo que otras consiguen con menos, o recogerán bastante menos con la misma dedicación. Por eso debería ser encomiable y reconocido el trabajo voluntario de esas personas que dedican su tiempo a reducir estas desigualdades.
Imagen: Magnific
Profesor agregado del Área de Sociología, Universidad de Girona
