¿Es la educación sexual un factor preventivo de la violencia de género? No siempre, no de cualquier manera.

Afirmar que la educación sexual se ha de incluir también en la educación formal, en nuestras escuelas e institutos, seguramente genere un consenso amplio entre la ciudadanía. Las recomendaciones de la OMS al respecto señalan que, siendo ideal que se aborde desde entornos diversos (familia, espacios informales…), el profesorado “puede ayudar a que la juventud acceda a información científica y precisa y apoyarlos en el desarrollo de habilidades críticas”.

Ahora bien, ¿es esto lo que estamos haciendo? Como sostiene Benjamín Menéndez, para la mayoría de nosotras y nosotros esto supone todavía un importante desafío por la falta de rigor que suele envolver este tema en los diversos foros donde se plantea, desde la formación inicial y permanente del profesorado hasta los talleres que se imparten al alumnado. De hecho, esta falta de rigor ha pervertido también el debate público sobre el género y la sexualidad, que se han convertido hoy en armas arrojadizas para algunos sectores que hacen mucho ruido, incluso desde las instituciones, pero que contribuyen poco o nada a la cohesión social y que desorientan todavía más a las y los profesionales.

Frente al ruido, subrayamos, como se ha hecho ya en este periódico, la importancia de la educación sexual basada en evidencias. De otra manera, por muy buena intención que tengamos y por mucho esfuerzo que pongamos, corremos el riesgo de que nuestra labor profesional no solo sea inútil, sino incluso contraproducente.

Esto es lo que ocurre, por ejemplo, cuando se vacía de atractivo a los hombres igualitarios y no violentos, algo que promueve la violencia de género, de acuerdo con las evidencias científicas disponibles. Vamos a desarrollar esta afirmación, porque resulta muy paradigmática de hasta qué punto es importante que la educación sexual sea “científicamente precisa”, tal y como proponen textualmente las Orientaciones técnicas internacionales sobre educación en sexualidad de la ONU en su página 16.

Ya desde El amor en la sociedad del riesgo (2004), sabemos que existe una socialización tradicional y mayoritaria en las relaciones afectivosexuales que nos lleva a identificar habitualmente a aquellos hombres dominantes e incluso violentos como más atractivos. Se ha demostrado también que esta socialización opera a través de un discurso coercitivo dominante, a veces más sutil y otras más explícito, pero que en todo caso representa un factor de riesgo para la violencia de género.

La ciencia, por lo tanto, ya nos proporciona herramientas intelectuales para poder entender, analizar críticamente y transformar una realidad empírica que nos puede costar aceptar: nuestra sociedad nos programa para asumir y reproducir que los “chicos malos” triunfen. Una primera derivada de esta evidencia es la doble moral sobre la que se asienta el discurso coercitivo dominante, que significa una ruptura entre ética y deseo, es decir, que las personas buenas e igualitarias sean percibidas como menos atractivas que las personas dominantes y violentas. La segunda derivada, fundamental para sostener la primera, es la centralidad del lenguaje del deseo para esta construcción social y, por tanto, también para generar una alternativa. Y la tercera derivada, íntimamente ligada a las anteriores, es la importancia de las Nuevas Masculinidades Alternativas (NAM) para construir una socialización alternativa al modelo tradicional de relaciones afectivosexuales, superar la doble moral, aunar ética y deseo en las mismas personas y, con todo ello, prevenir la violencia de género.

Cuando se resta atractivo a los hombres igualitarios y no violentos, ya sea de manera intencionada o no, sutil o explícita, en la práctica se está reproduciendo el discurso coercitivo dominante que pone el atractivo en los hombres dominantes y, por lo tanto, se está promoviendo la violencia de género.

Muchas veces, este mecanismo lo ponen en marcha las Masculinidades Tradicionales Dominantes (MTD), que a menudo intentan ridiculizar y menospreciar a los hombres que no son como ellos. No es de extrañar: solo pueden mantener su posición de poder si consiguen que se les perciba como más atractivos que al resto. Necesitan, pues, presentar los comportamientos dominantes y violentos como excitantes y los igualitarios y éticos como aburridos. Son las dos caras de la misma moneda.

Sin embargo, otras veces son los mismos hombres igualitarios o las mujeres quienes accionan el mecanismo. Ocurre, por ejemplo, cuando se califica como “pobre” o “pobrecito” a un hombre bueno. ¿Cuántas veces hemos oído expresiones del tipo “es más majo, el pobre…”? Esto se hace incluso desde la primera infancia, cuando se considera como “enérgico y espabilado” al niño que se impone al resto y como “paradito” al que respeta la cola para subirse al tobogán.

Incluso acciones organizadas con la intención explícita de visibilizar y empoderar “masculinidades alternativas” producen este mismo efecto cuando ignoran la centralidad del atractivo. Es lo que ocurre, por ejemplo, cuando grupos de hombres se ponen a planchar en la calle sin conseguir que otros hombres que no son violentos o dominantes, pero que no están movilizados por la igualdad, sientan que “ahí sí vale la pena estar”. Lo mismo sucede con producciones culturales como el documental On són els homes? (¿Dónde están los hombres?), que presenta como rebeldes y revolucionarios a hombres por el hecho de que se abrazan, se besan y asumen que son culpables de todas las desigualdades por razón de género.

El problema de fondo de este tipo de iniciativas es, de nuevo, la falta de base científica. En primer lugar, porque ignoran que el único aspecto importante que distingue a las MTD es que tienden a establecer relaciones de dominación con las mujeres y con los otros hombres y que puede ser que planchen, que hagan otras tareas del hogar o que no. En segundo lugar, porque presentan como alternativas lo que en realidad son Masculinidades Tradicionales Oprimidas (MTO), ya que sus planteamientos no superan la doble moral del discurso coercitivo dominante, sino que la reproducen. De nuevo, MTD y MTO son las dos caras de la misma moneda. Finalmente, en tercer lugar, porque plantean las desigualdades de género como una cuestión de hombres contra mujeres (algo que es imposible de sostener empíricamente, ya que en toda la historia ha habido hombres y mujeres a favor y en contra de la igualdad) y totalmente ajena al lenguaje del deseo. Expresado de otra manera, su discurso se agota en la ética, en lo que sería bueno, e ignora la centralidad del deseo, lo que resulta atractivo en un determinado contexto social que, no lo olvidemos, tiende a poner la violencia en ese lugar. Como se ignora este aspecto, también se obvia la importancia fundamental de las NAM y su atractivo, que no se basa en la dominación y la violencia, sino en el posicionamiento en contra de ellas como forma de superación de la doble moral y factor preventivo de la violencia de género.

Esta falta de base científica hace que sus puntos de partida para el análisis de los problemas sociales que quieren abordar estén muy sesgados y, por ende, las acciones que emprenden para transformarlos tengan poco, nada o directamente un impacto negativo. Por eso llegan poco o nada más allá de las personas y grupos que los defienden de partida y por lo mismo no generan grandes consensos.

Seamos prudentes, pues, a la hora de acoger cualquier propuesta de educación sexual, venga de donde venga, incluida la administración educativa, ya que puede ser útil para proteger a nuestras alumnas frente a la violencia de género, o no, o todo lo contrario. La ciencia y los organismos internacionales, con planteamientos basados en la ciencia, ya nos proporcionan suficientes evidencias para poder distinguir qué está bien y qué no en educación sexual. Son estas las fuentes de información rigurosa que podemos consultar, si tenemos dudas sobre una determinada propuesta o dinámica. Esperamos que este artículo os resulte útil para trabajar con ellas.

Por Marcos Castro

Profesor de educación física en secundaria. Miembro de la Red NAM Homes en Diàleg y de la Associació de Professorat Odissea