Muchos artículos científicos recogen cómo niños y niñas de entre dos y cuatro años aprendieron a leer en el hogar en diferentes circunstancias. No existe ninguna evidencia científica que pruebe que el aprendizaje temprano de la lectura sea imposible o dañino. Todo lo contrario, las investigaciones dejan bien claro que estas falsas creencias son la traba más importante que hace que el currículo escolar y las interacciones del hogar no estén dirigidas al aprendizaje de la lectura desde los cero años. Aprender a leer temprano es beneficioso, nadie debería dudar de ello.

No todo el mundo ha caído en estos errores. Hace más de 12 años, Ramón Flecha y Marta Soler ya afirmaban que la lectura debería comenzar desde los cero años. En mi caso, estas certeras afirmaciones basadas en ciencia, mi pasión por la enseñanza de la lectura y mi preocupación por la heredabilidad de las dificultades de lectura que sufrieron algunos miembros de mi familia me llevaron a reflexionar y a comenzar el proceso lector de mi primer hijo desde bien pronto para prevenirlas.

Mis tres hijos han comenzado a leer entre los dos y los tres años. ¿Cómo? Los caminos pueden ser muy variados. Yo empecé por enseñar las vocales, luego el sonido de algunas consonantes y, antes de terminar de enseñarlas todas, ya estaba jugando a juegos con coches, muñecos, piezas de montaje, con pizarras y letras magnéticas con los que enseñaba a juntar letras en sílabas. Conseguir que leyeran sílabas fue lo que más costó en llegar, pero llegó. Es cuestión de constancia, tacto y esperanza.

A pesar de que podemos afirmar que aprender a decodificar temprano es bueno, el proceso de aprendizaje de la lectura no termina ahí. Es preciso continuar desarrollándolo hacia niveles superiores. Para ello el alumnado necesita leer diariamente, con diversas personas y en diversos lugares.

Imagen: Magnific
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Maestro de educación especial y primaria