En los últimos años, cada vez más niños y niñas se incorporan al mundo digital a edades cada vez más tempranas. Diversos estudios muestran que los dispositivos digitales forman parte del entorno cotidiano desde los primeros años de vida, influyendo en la forma en que los niños y niñas juegan, exploran y aprenden (Lauricella et al., 2023; Hirsh-Pasek et al., 2015). Este fenómeno ha generado un intenso debate social y educativo. En congresos, universidades, centros educativos e incluso en conversaciones cotidianas entre familias, es habitual escuchar preguntas sobre el tiempo de pantalla o los posibles riesgos asociados al uso de la tecnología en la infancia.
Mientras el debate público se centra en cuánto tiempo pasan los niños y niñas frente a las pantallas, se habla mucho menos sobre qué contenidos digitales pueden beneficiar su aprendizaje y desarrollo. Y aún menos atención se presta a un factor que la evidencia científica identifica como decisivo:
La calidad de las interacciones que se producen entre niños, niñas y personas adultas durante el uso y consumo de contenidos digitales
Las interacciones de calidad son aquellas en las que las personas adultas apoyan activamente el aprendizaje de los niños y niñas mediante el diálogo, la orientación y la construcción conjunta de significado. Desde la perspectiva sociocultural de la educación, Jerome Bruner señala que el aprendizaje se produce en contextos interactivos en los que la persona adulta proporciona andamiaje; es decir, un apoyo ajustado que permite a los niños y niñas progresar gradualmente en su desarrollo cognitivo (Bruner, 1983). Estas interacciones implican escuchar, formular preguntas, explicar, conectar con experiencias previas y fomentar la participación activa, creando así entornos ricos en oportunidades de aprendizaje.
Cuando estas dinámicas se integran en el uso de tecnologías digitales, las posibilidades educativas se amplían, siempre que exista una mediación consciente y con sentido. La evidencia científica reciente muestra de forma consistente que la tecnología digital, por sí sola, no garantiza un aprendizaje significativo; es la mediación social la que transforma las experiencias digitales en oportunidades educativas (Fisch, 2004; Hirsh-Pasek et al., 2015).
Dos de las prácticas más estudiadas en la literatura científica son la participación conjunta en medios (joint media engagement) y el visionado compartido (coviewing). La participación conjunta hace referencia a situaciones en las que familias, docentes u otras personas adultas interactúan activamente con los niños y niñas mientras utilizan tecnologías digitales, comentando contenidos, formulando preguntas o explorando herramientas digitales de forma conjunta. Este tipo de interacción favorece el desarrollo del lenguaje, el pensamiento computacional y las habilidades socioemocionales (Takeuchi y Stevens, 2011; Neumann, 2020). En la misma línea, estudios recientes sobre intervenciones en el ámbito familiar muestran que, cuando las familias apoyan activamente el uso de medios digitales, aumentan la comprensión y la transferencia de conocimientos en niños y niñas en edad preescolar (Lauricella et al., 2023).
De forma complementaria, las investigaciones sobre el visionado compartido han mostrado que los beneficios de los contenidos audiovisuales educativos aumentan cuando las personas adultas ven los programas junto a los niños y niñas y comentan lo que aparece en pantalla. Este proceso permite contextualizar la información, relacionarla con experiencias cotidianas y favorecer una comprensión más profunda de los contenidos (Fisch, 2004). En el ámbito de la mediación parental digital, estudios posteriores también han señalado que la implicación activa de las familias durante el consumo de medios contribuye a transformar el tiempo de pantalla en experiencias más educativas y reflexivas (Livingstone y Helsper, 2008).
En el contexto actual, marcado por la expansión de tecnologías emergentes como la inteligencia artificial y la realidad virtual, la dimensión de la interacción social adquiere aún mayor relevancia. En este sentido, el aprendizaje digital en la infancia no puede entenderse sin considerar el papel central de las interacciones sociales de calidad entre los niños y niñas y las personas adultas que les acompañan. Apostar por un uso guiado y reflexivo de la tecnología digital no solo favorece mejores resultados educativos, sino que también contribuye a reducir desigualdades y a promover un desarrollo integral en la infancia.
Referencias
- Bruner, J. (1983). Child’s talk: Learning to use language. Oxford University Press.
- Fisch, S. M. (2004). Children’s learning from educational television: Sesame Street and beyond. Lawrence Erlbaum Associates.
- Hirsh-Pasek, K., Zosh, J. M., Golinkoff, R. M., Gray, J. H., Robb, M. B., & Kaufman, J. (2015). Putting education in “educational” apps: Lessons from the science of learning. Psychological Science in the Public Interest, 16(1), 3–34. https://doi.org/10.1177/1529100615569721
- Livingstone, S., & Helsper, E. J. (2008). Parental mediation of children’s internet use. Journal of Broadcasting & Electronic Media, 52(4), 581–599.
- Madary, M., & Metzinger, T. K. (2016). Real virtuality: A code of ethical conduct. Frontiers in Robotics and AI, 3, 3. https://doi.org/10.3389/frobt.2016.00003
- Neumann, M. M. (2020). Social interactions and digital media use in early childhood. Journal of Early Childhood Literacy, 20(4), 589–614.
- Takeuchi, L. M., & Stevens, R. (2011). The new coviewing: Designing for learning through joint media engagement. The Joan Ganz Cooney Center at Sesame Workshop.
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Este artículo fue publicado por primera vez en Daily 27 el 19 de marzo de 2026
Investigadora Maria Zambrano y profesora en la Facultad de Ciencias de la Comunicación en la Universitat Autònoma de Barcelona
