El 21 de octubre se conmemora el aniversario de la muerte de Hans Asperger, un nombre durante mucho tiempo asociado a lo que antes se conocía como síndrome de Asperger. Muchos reconocen el término, pero pocos conocen la compleja historia que hay detrás.

En 1944, Asperger describió a un grupo de niños que presentaban dificultades en la interacción social y en la empatía, pero mostraban grandes capacidades intelectuales e intereses muy específicos. A esta condición la llamó “psicopatía autista”. Su trabajo, redactado en alemán durante la Segunda Guerra Mundial, permaneció prácticamente desconocido fuera de Austria durante décadas. No fue hasta 1981, un año después de la muerte de Asperger, cuando la psiquiatra británica Lorna Wing retomó su investigación y acuñó el término síndrome de Asperger. Este concepto se popularizó rápidamente para describir a las personas dentro del espectro autista sin discapacidad intelectual.

Durante muchos años, el síndrome de Asperger figuró como un diagnóstico independiente en manuales internacionales como el DSM-IV (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales) y la CIE-10 (Clasificación internacional de enfermedades). Sin embargo, desde la publicación del DSM-5 (2013) y la CIE-11 (2022), estos términos se eliminaron, y todas las condiciones relacionadas se engloban ahora bajo el término más amplio de trastorno del espectro autista (TEA).

No obstante, mucho antes del trabajo de Asperger, en 1926, la psiquiatra y neuróloga infantil soviética Grunia Sújareva ya había descrito prácticamente el mismo cuadro clínico. Sus detalladas observaciones sobre niños con diferencias en la comunicación y las habilidades sociales, combinadas con una gran inteligencia y unos intereses muy restringidos, anticiparon gran parte de lo que Asperger publicaría años después. Hoy, Sújareva es reconocida como la primera persona en describir el autismo infantil, décadas antes de que el mundo le diera ese nombre.

Al recordar la historia de la investigación sobre el autismo, es fundamental destacar las contribuciones de científicas como Grunia Sújareva, cuyo trabajo pionero transformó la comprensión de la neurodiversidad. Esta historia nos recuerda lo fácilmente que algunos logros científicos han pasado desapercibidos y la importancia de asegurar que cada descubrimiento reciba el reconocimiento que merece.

Imagen: Wikimedia Commons

 

Este artículo fue publicado por primera vez en Daily 27 el 21 de octubre de 2025

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Profesora e investigadora en Educación en la Universidad del País Vasco