En nuestra infancia en China, los padres solían contarnos fábulas que no solo nos enseñaban a leer y entender principios, sino que también sembraban semillas morales en nuestros corazones. Entre ellas, dos relatos son particularmente memorables: «El campesino y la serpiente» y «El señor Dongguo y el lobo». Estas historias trascienden el tiempo y siguen resonando en el corazón de la gente moderna.

«El campesino y la serpiente» narra cómo, en un frío día de invierno, un bondadoso campesino encuentra una serpiente congelada junto al camino. Movido por compasión, la coloca en su pecho para darle calor. Pero, al recuperarse, la serpiente le muerde mortalmente con sus colmillos venenosos. Esta antigua fábula griega guarda similitud con el cuento chino tradicional «El señor Dongguo y el lobo»: por compasión, el bondadoso señor Dongguo arriesgó su vida para salvar a un lobo que estaba siendo perseguido por un cazador y lo escondió en su mochila para evitar que fuera cazado. Cuando el peligro pasó, el lobo rescatado no solo fue desagradecido, sino que también mostró su crueldad y pidió comerse el burro del Sr. Dongguo para saciarse. Tras la negativa del Sr. Dongguo, el lobo desagradecido fue aún más lejos y quiso comerse a su salvador.

La razón por la que estos relatos perduran es que siguen ocurriendo en la vida real. A veces, cuando alguien está en dificultades, suele mostrarse extremadamente humilde y agradecido; pero, una vez superada la crisis, ese sentimiento de gratitud frecuentemente se desvanece, y la persona atribuye el éxito únicamente a su propio esfuerzo.

La cultura tradicional china enfatiza profundamente la virtud de «devolver un favor pequeño con uno grande». La gratitud no es solo una cualidad personal, sino un lazo crucial para mantener la armonía social. Cuando los actos bondadosos son traicionados repetidamente, cuando hay quienes se aprovechan de la buena voluntad de otras personas, la gente naturalmente se vuelve cautelosa y comienza a levantar muros. A la larga, la sociedad perderá su base más preciada -la confianza mutua- y cada individuo puede convertirse en una isla solitaria, con consecuencias extremadamente negativas.

Ante este dilema, ¿debemos acaso abandonar la bondad? Esta pregunta me ha perturbado desde hace tiempo. Ayer tuve la oportunidad de hablar con una persona a quien admiro profundamente. Hablo de admiración porque, a lo largo de los años, he sido testigo de cómo ha ayudado desinteresadamente a muchos, y también de la sincera gratitud inicial de quienes recibieron su ayuda. Pero, tristemente, algunas personas luego no solo olvidaron ese favor, sino que incluso lo lastimaron por interés personal.

Sin embargo, su respuesta me sorprendió y me hizo reflexionar profundamente. Dijo que siempre había anticipado ese resultado. Explicó:

«Pero si ayudo a tres personas, incluso si una me lastima después, al menos otras dos recibieron ayuda genuina y mejoraron sus vidas.»

[Imagen generada con IA en Copilot]
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Una chica china residente en España. Doctora en Sociología