Solemos imaginar la soledad como un inconveniente silencioso propio de la vejez, pero la ciencia ofrece una imagen muy distinta. La soledad está emergiendo como un grave problema de salud pública, con efectos comparables al tabaquismo, la obesidad o el sedentarismo. Y, lejos de afectar solo a las personas mayores, impacta especialmente entre los adultos jóvenes: el 79 % de los jóvenes de entre 18 y 24 años afirman sentirse solos, frente al 41 % de las personas mayores de 66 años. También afecta de forma desproporcionada a comunidades marginadas, lo que cuestiona las ideas que tradicionalmente se han tenido sobre este fenómeno.

Un reportaje publicado en Nature explica por qué la soledad resulta tan dañina y, lo que es más importante, cómo podemos transformar nuestro entorno y nuestras conductas para contrarrestarla. La soledad crónica no solo produce malestar: modifica físicamente el cerebro y el cuerpo. Las investigaciones la relacionan con un mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares, demencia, depresión, debilitamiento del sistema inmunitario e incluso muerte prematura. Estudios de neuroimagen han demostrado cambios en áreas del cerebro asociadas con la motivación, la recompensa y la memoria. Un hallazgo especialmente llamativo es que la respuesta del cerebro a la privación social se parece mucho a su respuesta al hambre, lo que indica una necesidad biológica no satisfecha de conexión social.

Sin embargo, la soledad también distorsiona la percepción: hace que las interacciones sociales se perciban como más amenazantes o menos gratificantes, atrapando a las personas en un ciclo difícil de romper. Esta carga recae con más fuerza sobre jóvenes adultos, minorías raciales y personas con bajos ingresos, lo que pone de manifiesto que la soledad no es solo un problema individual, sino también social y estructural.

La buena noticia es que es posible cambiar esta realidad. Caminar solo unos pocos kilómetros ha demostrado mejorar el estado de ánimo, interrumpir patrones de pensamiento negativo y ayudar a reactivar los circuitos sociales del cerebro. Iniciativas como Walk with a Doc, que combina actividad física con interacción social, demuestran que incluso intervenciones modestas pueden romper el ciclo. De forma más amplia, las ciudades y las instituciones pueden fomentar la conexión creando espacios compartidos, apoyando programas inclusivos y garantizando que los grupos más vulnerables tengan un acceso equitativo a oportunidades sociales. Algunos ejemplos de acciones comunitarias basadas en la evidencia, como las tertulias literarias dialógicas realizadas en colaboración con servicios de salud —que promueven la amistad y las relaciones solidarias para combatir la soledad— ya han sido publicados en este diario.

Lo que estas investigaciones dejan claro es que la soledad no es ni inevitable ni insuperable. Si la reconocemos como una condición grave con efectos biológicos profundos, y rediseñamos nuestros entornos para facilitar y enriquecer la conexión entre personas, podremos transformar una crisis silenciosa en un motor de comunidades más sanas y resilientes.

[Este artículo fue publicado por primera vez en Daily 27 el 13 de julio de 2025]

⇒Consulta aquí todos nuestros artículos sobre salud mental.

[Imagen: Freepik]
+ posts

Coordinadora de la comunidad de aprendizaje de la Verneda-Sant Martí y profesora asociada de la Universidad de Barcelona