Cuando era pequeña, en el pueblo de mis raíces, lo primero que hacía en aquellas mañanas de verano al despertarme era salir corriendo a la terraza para ver si mi vecina y amiga había colgado su pañuelo blanco: era la señal de que ya estaba despierta y de que podía ir a su casa para empezar el día juntas. Si no había ningún pañuelo blanco en su balcón, entonces colgaba el mío para avisarle de que yo ya estaba lista. La puerta de la casa nunca estaba del todo cerrada, ni literal ni figuradamente. Las amigas de mi abuela venían a diario, las vecinas se pasaban para pedir algún ingrediente que se les había acabado o simplemente para comprobar que estábamos bien.
Con los años, he visto cómo la vida se ha ido desplazando hacia algo mucho más solitario, y no ha ocurrido por casualidad. Ya no hay pañuelos blancos en los balcones, y las puertas se han cerrado. Cuidar de nuestros vecinos —decidir dedicar nuestro tiempo libre a ayudar a otras personas, a hacer voluntariado en la comunidad— a veces se critica como “no saber estar solo”, ser “adictos al trabajo” o “dejar que el sistema se aproveche de nosotros porque invertimos tiempo no remunerado”.
Las presiones hacia el individualismo nos dicen que debemos saber “estar solos”, y casi se presenta como un problema —incluso como una cuestión de salud mental— si no disfrutamos pasando un fin de semana encerrados en casa. Correr al sofá para ver Netflix en soledad se presenta como la gran solución, mientras que dedicar tiempo a la comunidad se retrata como conformismo. Detrás de este discurso hay una forma depredadora de capital que se beneficia de convencernos —bajo un disfraz progresista— de que el voluntariado es solo otra forma de explotación. Pero ceder a estas presiones es someterse a ese mismo capital. ¿Por qué quieren vendernos la idea de que encerrarnos en casa y hacer maratones de series es algo progresista? ¿Qué intereses hay detrás de esto?
No he encontrado evidencias científicas que muestren que estas prácticas mejoren nuestras vidas. De hecho, lo que sí encontramos es que uno de los problemas más extendidos hoy en día es una profunda sensación de soledad. No hace mucho, se conoció la noticia de una persona que había permanecido sin ser descubierta durante quince años tras su muerte.
El estudio longitudinal que lleva realizándose desde hace más de 85 años en la Universidad de Harvard identifica las relaciones sociales que las personas eligen como un factor clave en la duración y la calidad de sus vidas. Elegir a personas con quienes compartir momentos de belleza, esperanza y sentido mejora nuestras vidas: tiene un impacto medible en vivir más y mejor.
En cada comunidad, en cada barrio, hay espacios en los que podemos participar junto a nuestras vecinas y vecinos, conocerlos y decidir cómo queremos colaborar. Cuando los actos de voluntariado nacen de un sentido de propósito, se cuidan para que sean hermosos y cultivan nuestras mejores relaciones, generan esperanzas que nos hacen sentir mejor. El momento que más disfruto cada semana es cuando estoy en las clases de alfabetización, y no lo cambiaría por nada del mundo, ni por quedarme sola en casa viendo una de esas series “imprescindibles”. No nos dejemos engañar: participar en la comunidad como personas voluntarias es un derecho, un privilegio que tenemos y que podemos elegir ejercer si así lo deseamos.
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Imagen: Freepik
Este artículo fue publicado por primera vez en Daily 27 el 5 de diciembre de 2025
Graduada en psicología en la Universitat de València e investigadora predoctoral en la Universitat de Barcelona
