Infancia y adolescencia viven hoy, en los medios, las redes y las escuelas, la presión de tener que “atreverse” a hacer cosas contrarias a sus sentimientos, valores y deseos. Ya en los años sesenta viví una adolescencia en la que solo siendo un héroe podías no sufrir bullying sin someterte ni una sola vez a la gran presión para los ritos de iniciación en la “hombría”, como fumar, mirar pornografía, salir de caza de chicas, decir palabras despreciativas de las víctimas de esa práctica. 

Hoy la presión es muchísimo mayor y más temprana por la influencia de las pantallas y porque en la mayoría de las escuelas no se educa en que sean libres, en que sean valientes y se atrevan a decir “yo nunca” a las prácticas de sumisión. Al contrario, se llama libertad a someterse a esas presiones, a “atreverse” a someterse, en lugar de atreverse a disfrutar de la belleza de unas relaciones libres, plenas del deseo de belleza y de sentimientos. Incluso el “yo nunca nunca” se ha usado como un juego de acoso y sumisión en una coacción de grupo, preguntando sobre prácticas sexuales con frecuencia sumisas y señalando a quienes no las han tenido.

El capital depredador ha potenciado todo tipo de descalificaciones a quienes no se someten, como que nadie es perfecto, que las cosas no son blancas ni negras, sino que todas tienen tonalidades grises, que “estoy orgulloso de mis defectos”, que es necesario cometer errores para aprender, que lo divertido es lo malo y lo bueno es aburrido. Sin embargo, hoy también tenemos más recursos para educar a la infancia en que no se someta. En mi adolescencia no se hablaba de masculinidades alternativas. Quienes iniciamos ese discurso no lo hicimos aprendiendo de nuestros errores sino no cometiéndolos, sintiendo el orgullo de hacer las cosas preciosas y no feas, bien y no mal, con la verdad por delante y no con engaños. Cuando nos acorralaban, preguntando que cómo sabíamos que no nos gustaba fumar o ir de caza humana si no lo habíamos probado, contestábamos que tampoco habíamos probado el cianuro y sabíamos lo que era. Cuando nos decían que eso es lo que gustaba a muchas chicas, decíamos que no a las que nos gustaban y nosotros sí elegíamos y nos elegían.  

Si la infancia solo oye a quienes se sometieron y presentan en público sus fealdades como libertad, o como errores necesarios para aprender, o como propias de una edad todavía no madura, sienten que es imposible resistirse, que es inevitable, y caen en la misma sumisión. Para que salgan de ese cautiverio lleno de fealdad, hay que abrirles una puerta, hay que educar para decir con orgullo “yo nunca”, con uno de los significados que la RAE recoge de la palabra orgullo: “amor propio, autoestima”. La mayoría de quienes nos atrevimos a no fumar nunca tenemos mejor salud y más atractivo que la mayoría de quienes se “atrevieron” a fumar. La mayoría de quienes nos atrevimos a no salir de “caza humana” tenemos mejores relaciones que la mayoría de quienes se “atrevieron” a hacerlo. 

[Foto de Sammie Chaffin en Unsplash]

 

Por Ramón Flecha

Catedrático Emérito de la Universidad de Barcelona. Investigador número 1 del ranking científico internacional Google Scholar en las categorías de "gender violence" y "social impact" (violencia de género e impacto social, respectivamente).