Rebeliones de familiares contra “innovaciones”. Análisis y alternativas (2)

Somos cada vez más las familias que nos oponemos al fomento de los acosos sexuales que realiza la “educación sexual” basada en las ideas particulares de “expertas y expertos” que van contra las evidencias científicas sobre el tema, contra la libertad sexual y contra la prevención de la pederastia. Somos de todas las ideologías, de todas las culturas, de todas las opciones sexuales. Quienes dicen que las rebeliones contra esa “educación sexual” son de extrema derecha no solo mienten, sino que potencian mucho la extrema derecha. Quienes dicen que las familias son carcas fomentan el acoso sexual y son personas radicalmente ultrarreaccionarias, por mucho que se disfracen con supuestas identidades progresistas. 

En ese tipo de educación sexual, una de las prácticas frecuentes es coaccionar a menores a tocarse sus cuerpos; así se enseña a las personas a que no pueden elegir cuándo, con quién y cómo se tocan. Ese tipo de prácticas es claramente contraria a la libertad sexual presente en todas las constituciones democráticas que tanto nos ha costado conseguir a las feministas. Hacerlo sin el consentimiento de la persona legalmente tutora contraviene todas las evidencias científicas y normas internacionales. Escudarse en que esas familias son carcas y hay que apartarlas —no solo de la decisión sobre la educación sexual a llevar a cabo sino incluso del conocimiento de lo que se hace— gusta mucho a quienes son pederastas, hayan recibido ya denuncias o todavía no. También gusta mucho a quienes tienen chiringuitos y sacan mucho provecho con la propaganda y financiación de actividades que destrozan emocionalmente la infancia.

La mejor defensa de la educación sexual es oponerse radical y masivamente a esas prácticas acosadoras, defender que toda educación sexual se base en evidencias científicas internacionalmente reconocidas y no en las ideas particulares de una persona o grupo que no estén validadas científicamente. Esa mejor defensa también incluye imprescindiblemente el conocimiento transparente —por parte de las familias y de las comunidades educativas— de lo que se está haciendo en educación sexual con sus menores y, por supuesto, su participación en la elaboración y decisión sobre lo que se hace y lo que no se hace.

[Lee el artículo anterior sobre cómo las familias se rebelan contra las prácticas que perjudican a sus hijos e hijas]
[Imagen: Freepik]

Por Adriana Aubert

Chair de la RN10 (Sociology of Education) de la ESA (European Sociological Association)